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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2011.

A SUS PIES CANSADOS

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Vino de la calle

cansada

muy cansada

renunciando casi a moverse

Despacio

muy despacio

la descalcé

como si le quitara

la venda

de una herida

aún

abierta

      

Sus pies breves

racimos de uva rubia

eran dos alas

vencidas

Dos panecillos

de sudor

de su frente

Dos peces

aleteando

en un charco

de la acera

 

Juntos

los tensaba

Me los ofrecía

como la última

manzana

de la rama

Como una quemadura

de la vida

Pies

de mujer Nazareno

que tomé

como si yo fuera  

aquella María

la de la libra del perfume

de nardo puro

y toalla

de guedejas

 

Mientras

su mano

sobre mi cabeza inclinada

me revolvía

el pelo

en las plantas de sus pies

la yema

de mis pulgares

le encontraba

en cada

curvada

friega

la sombra

de la tarde

sobre su higuera

 

Los acaricié tanto

que temí

se me quebraran

o que no quisieran

o no pudieran

ya dormidos

despertarse

con ella

                     ©Rubén Lapuente

APUNTES DEL UNIVERSO

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Andrómeda

La bella Andrómeda me clava en los ojos su arpón de luz. El cabo de su jarcia que me baña ahora, partió de su navío en llamas, antes de que Adán naciera.

 Asimetría

Ella recuerda que la amé bajo la infinita noche estrellada. Yo recuerdo que la quise sobre un cuerpo inabarcable.

 Farola

¿Quién de vosotros es el hondero? ¿Quién es el infalible con la piedra? ¿Tú? Mira. Me ha plantado el ayuntamiento en mi calleja oscura sin número, un Goliat con chistera negra, me han borrado el cielo de mis noches de verano. Ahora mi pequeño balcón, es la única rutilante estrella del firmamento. Detrás de este velo de luz para otro nuevo ciego, estará mi brillante Vega, Cisne volando por la Vía Láctea, mis lágrimas de agosto, Hércules, El Escorpión, El Sagitario Arquero, los lebreles  de Orión cazador… Y cómo voy a ir al relente con mis años. Cómo volverme a tender sobre el embarcadero del embalse, si ya no sería tan hermoso que como cuando era yo un niño ¿Tú eres el hondero? ¿El David de la piedra infalible? Mira. Hazlo durante el estruendo de los fuegos en el puente, o en el revuelo de la verbena. Que tu piedra en el aire, de golpe, encienda todas mis estrellas.

Rueca

Su rueca hilaba el oro viejo de las gavillas de heno, el destello de plata de vellones de nieve, la tierra de siena quemada de rimeros de hojas muertas.

Sol

El sol vive en una noche de San Juan perpetua. Tiene siempre la delicadeza de taparse la boca con la mano si bosteza. ¡Que no titubee que se apagaría!

Tímido

Al mirarle, baja en seguida la cabeza. Sólo en las noches de cielo limpio y sin luna, sale a su balcón con estrellas .Y ya no parpadea.

Universo

Qué locura es esta de universo, de huir de nadie, en andas de la nada, sin saber adónde.

Para qué tanta grandeza, tanta infinitud, tanta negra casa solariega, si una sola tarde sobre mi madre lo eclipsa todo.

El niño levantó  un tinglado de balancines de sillas en equilibrio para alcanzar en el altillo de la alacena el confitero de oscura luz de melaza. Lo destapó  y en esa pulpa metió el dedito dulcero que luego se llevó a la boca, entrecerrándose a la vez  los ojos del placer. En la tapa, aún no sabía leer, venía una leyenda escrita por su padre: Peligro. No abrir. En este Universo se me olvidó incorporar la ley de las travesuras de los dioses niños.

                                                       ©Rubén Lapuente

CAMELIA SUMERGIDA

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No basta que tu mano sea su amarre

Que tus brazos sus remos

Que tu espalda su barca

O que tu cuerpo su dique

No basta con el amor

En el océano de este sueño

hay un turbión que de noche la despierta

Porque cuando todo se rehace

otra vez todo se deshace

Otra vez la dentera del box del miércoles:

El sumidero de la frescura

El pesado cielo gris de la boca

Otra vez la lluvia de metal de saliva

Un cansancio eterno de hombros de ameba

Hasta la bata al pie de la cama

parece tejida con vellones de plomo

No basta el nido de albatros de mi pecho

Otra vez la camelia sumergida

Coser  y planchar los mismos pétalos

Otra vez falsos sueños de grajea

Estaciones del cuerpo

como el tornadizo verdor

del pozo de su carne

que hoy se rehace

y tacha y remacha

con una cruz

en el  calendario

otra  fecha

menos

                           ©Rubén Lapuente

¡NOS VAMOS AL RÍO!

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Son escenas olvidadas

momentos que regresan

de una pequeñez

como cuando doy un par

de palmadas y digo

 ¡Nos vamos al río!

Y la brisa de mi voz

ya lleva las mismas

palabras de mi padre

solapando las mías

e igual que entonces conmigo

estalla ahora clara

la garganta de mi hijo

que viene corriendo

hacia mi

con esa gota de luz

de sol de espiga tierna

de la infancia

y a través de su abrazo

abraza a mi padre

que despierta

¡Nos vamos al río!

Y sobre la piel del agua

dulce del Iregua

desmedido

vuelve mi padre en mí

ante la zozobra

del barco de carne

de papel mojado

aprendiz de pez

a la deriva

hecho maraña de alharacas

jaleando a mi hijo

que es ya el suyo

mientras les miro

desde la orilla

como miran los juncos

                   ©Rubén Lapuente

al enseñar a nadar a mi hijo en el río despertó en mí mi padre

foto  Pablo Vicens

CUCURUCHO DE CASTAÑAS

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Nunca había sentido que el tiempo no corriera

Que holgazán hozara lento en el barro de la tristeza

Salgo del tercio de cada día de mi vida en una silla

al mar de las luces de diciembre

al olor que me evoca lo bello mío dormido

 el de estas asadas castañas

pequeños cálidos corazones de caoba rotos

que llevo a casa

en un cucurucho de papel

que atravesarían hasta un turbio vidrio

empañado de melancolía :

Son flechas de luz de vivo aroma nuestro

Sobre la mesa de la cocina

esparzo doce fábulas de niñez

o la forja de futuros recuerdos

Y al olor mágico ya no viene primero lo zampón tierno

 sino ese devaneo  de mano de muchacha

que hurgaba en el hogar del bolsillo de mi abrigo

enamorada

que entorna ahora los ojos con mueca de placer

Y me extraño  de no verle ni una estela

de vida herida

                                            ©Rubén Lapuente

REGAZO

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Tengo miedo siempre a ese cuenco a solas del regazo

Y me cargo con un hatillo vivo de silencios

Pero cómo fondeo en la caleta de su pecho

Cómo le enseño lo débil si he sido adusto

A la sombra de su corazón de mujer

cómo me abandono y me pierdo y me olvido

del batallar inútil conmigo solo

Miedo a que la ternura me haga vulnerable

Vergüenza a que me encuentre frágil

Cómo me siento sobre el halda de sus claras rodillas

De sediciosa la piel a dulce gemido en sus brazos cómo

Cómo decirle que las lágrimas más amargas

son las que aún no he derramado

                            ©Rubén Lapuente

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