Blogia
El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

LA SOMBRA DEL HAYA

LA SOMBRA DEL HAYA

Muy temprano me acerqué a la orilla del río a por una nueva sombra de mañana, al relevo de la enferma penumbra de mi moribundo y último pino que me queda en pie. Sí, mi último pino, descortezado, martirizado por los albañiles que hicieron la casa. Su tarambana vagoneta le quitaba una rebanada de vida cada jornada. Alguna mañana deja escapar el ámbar de sus lágrimas desde su acorralado corazón de maderaIndultado por mi melancolía, no corrió la suerte de los otros pinos de mi parcela, los que para mi mujer daban más miedo que sombra. Acertó, fue una tormenta de nieve. Sí, fueron copos húmedos como yunques sobre las ramas, como nubes de plomo sobre las copas. Además, yo no sabía que la naturaleza dotó a los pinos de un bailongo cepellón, con raíces tan niñas, que después de cenar cuajarones de nieve, y pelearse con una ventolera madrugadora, acaban todos como un boxeador sonado, en mi caso tres besando o mejor mordiendo la lona de barro de mi tejado. Y no tuve piedad, hice leña de todos. 

Buscaba un árbol sin tormentas de ácidas agujas y manás amarillos, con raíces huidizas hacia las tinieblas. Buscaba un haya, y la vi muy cerca de la orilla del río, al pie de su desnuda madre que era febrero. Medía como un brazo mío, y tiré de su cuerpecito, muy suave, como de un hilo de agua, como si desvistieras a ese hijo tuyo vencido de atardecer sobre la alfombra, seguro que velado por un revoltijo de fieles coches patas arriba.

Y al lado de la sombra enferma del pino(desde la altura me pide ya compasión y no morir de pie), con el rastrillo de mis diez uñas, que la tierra tras las lluvias últimas parecía un tierno pan de centeno, le he hecho su húmeda cama como si me tallase un hoyuelo en la mejilla. Y le haré soñar de prisa tejerme un baile de sombras de hojas verdes sobre mi cara. Y dulces rayos de sol atravesarán su desnudez en invierno, hasta colarse en el tuétano de los huesos de la casa.

Pero al regar el haya niña, al ver aún su pequeña sombra, sé que su copa no se asomará a la cita conmigo en mi ventana. Sumo los treinta centímetros de su estirón anual por años de vida que estadísticamente puedan quedarme, y yo ya seré mi propia sombra antes que me regale la verde y frondosa suya.

Y al venir mis dos hijos en un viaje relámpago, amantes de esta hoguera verde del Camero Nuevo, que aquí se hicieron gorriones de un dios azul, aquí muchachos tallados de naturaleza que les ha forjado como un arma para defenderse en cualquier lejano infierno, al verlos asomarse por el alto ventanal de la casa, de pronto, el haya comienza a crecer y a crecer, como ellos a envejecer en la umbría, mientras les adivino ese perfume de mi mujer y mio bañándose en el estanque de su sangre: esos perfiles y gestos que se perpetúan en el tiempo, como si al desaparecer aparecemos con otra mirada, y me explica la vida…

           ¡Sí, mi recuerdo en esa dulce sombra de mañana! 

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado 05/06/2023 en el diarío La Rioja

0 comentarios