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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

LA LIBÉLULA

LA LIBÉLULA

 

Desde el cielo del sueño

baja hacia el río

Un cuerpo menudo

entra en el agua

Es la luz que juega

sobre esa pequeña

espalda mojada

Son sus visos de satén

Sus tornasoles

de escamas prendiendo

en esas dos paletillas

que le sobresalen

como lomos de peces dorados…

Es la mano

del destello del sueño

desempañando   

lentamente

el vaho del cristal

del olvido…

 

La mareta de su cuerpo

de rama rota atada

al viento del agua

que los remos de sus brazos

van tejiendo  en abanico

lleva a la orilla    

mucho antes  

su pequeño temblor...

 

En la aguja de un junco

ensarta una infeliz mariposa

De malherirla

se sacude de los dedos

de las manos

los polvillos de oro

de sus alas

de ocelos ciegos

pegados

como si por ese ademán

la maquillase

como si así

la devolviera  

rociada

una pizca del decoro perdido…

Y luego con presteza

la remienda

como cuando él

se desempolva la niñez

antes de cruzar

el umbral del fuego

enemigo de su madre 

con un sarmiento

de alfanje

atado al cinto… 

 

De rodillas

Sumergido

justo hasta que la línea

del agua le corra por la mitad

de los labios…

Espera a la aguja del diablo

que cosía la boca

a los deslenguados

de cuando era

menos que un rapaz

Sabe que es más rápida

que un relámpago

Que sus diabólicos ojos facetados

le sorprenderían

con tan sólo el simple tris

de un pestañeo…

 

Y la joya turquesa

colgada de un punto  

de la nada del aire

aparece   ya arriba

en el culmen del festín

de su señuelo

en su cercano pavor

en su sufrido temple

Hecha de sueño y azar y secreto…

 

En el puño cerrado

mordiéndose los labios

aprieta y aguanta

la muerte

de la belleza y el miedo juntos…

 

Por el filo de las alas rotas de la libélula

el niño se va muriendo

 

             II

 

Para perder el miedo

grita en silencio:

Tengo miedo

Ahora tiene que adentrarse

como en un túnel:

Ya sabes:

El ruido de sombras

que se entrechocan

La estridencia de unas voces

El espanto de algo extraño 

que espera al fondo sin luz…

Él se aferra

a lo que no se le muere:

La de su mano niña

que aún recuerda

el frío de la carne rosa

dormida de muerte en su arrullo

y que aún ahora  tan añosa

la lleva a su mejilla…

Se aferra

a sus pequeñas victorias:

Qué triunfo cuando atravesó

por primera vez    solo

camino de la escuela fría

el bosque de niebla del largo puente

sobre las aguas del Ebro

¿Cómo pudo arrojarse al río

sin saber si haría pie

si aún no sabía nadar ?

¿Y cómo resistiría la

eternidad del pavor de aquel

caballito del diablo

vibrando preso en su puño?

 (¿Todas las conquistas están en la infancia?)

 

Antes de que se adentre en el túnel

le tomo una mano

La otra la lleva cerrada

                                   ©Rubén Lapuente

 

1 comentario

Anónimo -

Tal vez sí, todas las conquistas estén en la infancia. También todas las derrotas.
Me he sentido sugestionado por las imágenes de este poema que habla consigo mismo, como un poema dentro de otro poema, y esa deriva dramática que sustenta.