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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2009.

RITUAL DE SUS MANOS

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Cuando arrecia el frio de madrugada,

yo con un pie navegando los cielos

y con el otro de vigilia,

comienza el ritual de sus manos.

 

Dice que el frío le entra

por la yema de los dedos,

que hay algunos huesos

que le parece que duermen

junto al rocío.

¿No será por la maldita costumbre

de no cerrar la ventana

por si nos quedamos sin oxígeno

o es que ese aire frío

es el que quiere colarse de rondón

y robarnos la tibieza

de nuestro lecho?

 

Bajo la brasa de mi cuerpo

desliza los primeros

cinco carámbanos.

Yo mientras tanto ato

la cola de un tardío cometa

a mi entresueño.

Y poco a poco mi fogón arriba

a cada gélido tuétano.

Es el instinto quien le lleva al bálsamo

de mi sangre caliente.

Y haría mal en taponarle

mi costado sobre la sábana:

No es bueno despertar al sonámbulo.

 

Cuando me desliza

los otros cinco témpanos,

ya de un salto me apeo

de los mapas del cielo.

Me doy la media vuelta,

le emparejo las palmas de las manos

y como lapas entre las mías,

se las cierro.

Y ahí frente a mí, está ella,

con esa fría y cálida somnolencia

que le deja todavía un pequeño

temblor en un párpado,

que nunca sabré si es un guiño

desde el  amor del sueño…

No es bueno despertar al sonámbulo.

 

                            ©Rubén Lapuente

LA VIDA ES VER VOLVER

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                                   la vida es ver volver(Azorín)

Me quedé parado frente a la puerta

con la mano en el aire sobre la manilla.

Pensaba que los sollozos

los escribían ya sobre un papel,

tan reales y habituales en la mentira

que hasta los míos

si los rescatara del recuerdo,

parecerían ante ellos

encogidos.

 

Volví sobre mis pasos

hasta la dueña de los secretos.

-¿Qué le pasa?

El corazón.

-¿El corazón?...

 

(El perfume adolescente

que dábamos

sobre los bancos de madera.

La primera mirada

despeñándoseme dentro.

El esfuerzo necio por parecer cultos

cuando sólo soñábamos con  la piel.

El temblor naciéndome  

de otro temblor.

La brasa de aquel incendio

que huyó de la memoria,

hoy tatuada,  

y que sólo borrará la muerte.

Y en un adiós, te arrancan de cuajo…)

 

…El corazón.

¡Vete! ¡Vete!

 

Y antes de girar la manilla,

se me vuelve

y me sonríe con los ojos.

 

¡Qué estrella tiene!

El mejor trozo de nuestra vida, le toca.

Todos los sollozos,

todo el candor, sobre ella.

 

La vida es ver volver.

La vida es ahora.

 

                              ©Rubén Lapuente

 

ATADURAS

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Si no me llamaran desde la debilidad

Si no supiera ver la belleza dentro del escombro

Si no me rozara esa mano herida el sueño

Si no tuviera que arroparla desde el silencio

Si no hubiese sollozos que rescatar del viento

Si en la larga fila de la calle no buscara algunos ojos

Si no me persiguiese la mirada de la niña en el espanto

Si no levantara la mano para alistarme en el barro

Si al verme no me leyeran en la frente sublevado

Podría morir

                                  ©Rubén Lapuente

LA BARQUILLA

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El chorro de un bidón de agua

le quita el polvo de la piel,

le despega el vestido.

Un algodón embebido

separa cada pestaña,

le limpia el barrillo

de las orillas de las cejas.

Los afeites en los cabellos

y en el cuerpo lavado

le devuelven la dignidad

rosa de la inocencia.

Un vestido blanco,

una flor en el pelo,

y eso es todo.

 

Ahora tiene  

el mismo dulce rostro

que cuando se quedaba

dormida.

 

Un traqueteo sombrío

bajando las escaleras

le hace a su padre

ir más despacio.

 

Al llegar a la calle

sobre un mar de olas

de manos,

la barquilla rompió 

las amarras.

 

        ©Rubén Lapuente

EL MALEFICIO DE LA RAMA

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La medida del río era la de mi cintura.

Aunque me veía en el agua reflejado,

sólo miraba su fondo, su vida:

La pandilla de renacuajos,

el cangrejo de curva de guijarro,

el pez bajo la arcada de mis piernas.

Ni oía mi corazón,

ni el rumor del agua.

Lanzaba las ramas,

contracorriente,

esperándolas.

Y que no se me escapara ninguna.

Me iba en ello, el azar, el futuro,

el maleficio.

 

La medida del río es la de mis rodillas.

Y ahora, sí, me veo en el agua reflejado:

La fauna de mi vida en el légamo,

el corazón al ritmo

de aquel mismo rumor mudo.

 

El niño que llevo dentro,

con la cara aplastada

al cristal de mi cuerpo,

me señala una rama,

y la lanzo río arriba,

esperándola.

Pero al moverme,

al hacer un ademán para cogerla,

me resbalo,

y se pierde, rauda, corriente abajo.

 

“Que no se me escapara ninguna”

Dentro de mí, todavía hoy,

se revuelve aquel niño.

 

                        ©Rubén Lapuente

                      Sierra Cebollera. Río Iregua.La Rioja

LA LLUVIA

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Siempre vuelve la misma lluvia.

 

¿La reconoces?

 

Cada migaja que te toca

que te despierta

que te cala

punza su memoria en tu piel.

 

¡Sal!

¡Sal a la lluvia!

Como a una derrota,

como a una alegría.

Que el hueco del corazón

lo llene el prodigio del agua.

Que te moje la gota

que rozó aquel beso,

que limpió la herida del ciervo,

que en el terraplén

alivió la muerte del soldado.

 

¡A la lluvia!

¡Sal a la lluvia!

Que se embeba de ti,

que se amalgame

con tus lágrimas.

 

Regresará un día,

y otro, y mil,

hasta que la ventura la deje

en la comisura de unos labios

e inunde una boca

de lluvia de memoria tuya.

 

¡Sal!

¡Sal a la lluvia!

 

 ©Rubén Lapuente

Mariamor

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Hoy no se detiene mi corazón en la piel,

va muy por delante mío

con esta blanca y rubia luz trasparente,

con esta naturaleza

que necesita bien poco que la mire

para ser una parte mía.

¡Qué poco he tardado en habitarla!

 

Hoy no se detiene mi corazón en la piel.

Y con ella voy a mi arboleda,

a echarme con la cabeza sobre su vientre.

Y por primera vez siento el vértigo

del entramado de la vida bajo mi mejilla.

Ese maderaje que cobija

el empuje de memoria tras memoria.

Sazonada vasija de vida y muerte irrepetible.

¿Cuánto tiempo más voy a tardar en habitarla

si todavía me paro en su puerta

con los nudillos en el aire?

 

¿Porqué no recalar en cada herida

que trae a casa?

¿Porqué no asfixiarme con ella

si nos hemos elegido?

 

¿Cuánto tiempo más voy a tardar en vivirla?

 

¿Y si empezara por cambiar las formas?

Y ahora mismo.

Que todo diera un giro inesperado.

Empezar añadiendo

como un guiño suave mío

una hermosa palabra a su nombre:

 

Mariamor,  ese paisaje interior

pide una mano de belleza,” le digo

 

Y al mirarme,

mi cabeza ladeada sobre su vientre,

sonriéndola,

le enseño lo más oculto

que guardo.

 

Lo que no se arropa.

Lo que no muda nunca.

 

Y empiezo ya a sentir mi vacío.

 

©Rubén Lapuente

pintura de Maria Ortega Estepa

SOLDADITOS

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                           mi triste soldadito niño

¿De dónde nace la tristeza, hijo?

Hasta la muerte mira de otra manera.

Fue antes del cuento que teje

su red de sueño inquieto.

Antes de subir al traqueteo  

de la camilla del pavor.

Pero si te recuerdo así, hijo,

remueves el fondo de mi vida.

Y estas palabras no son para ti,

tú, que saliste a flote

de aquel pabellón

de malheridos soldaditos :

“Suero de luciérnaga,

avenida de luz en las venas”

te decía , llevando

de liana en liana

aquel leal muñeco

con el que sellamos

una alianza de sangre.

 

Estas palabras no son para ti,

ni para mí tampoco, hijo,

que me daba vergüenza

que me vieran tan débil.

Son para esas mujeres

de ojos como lobas heridas

que por aquellas habitaciones

entre palanganas de orina

enferma de niño,

y tibias esponjas teñidas

veían caer a sus soldaditos,

que eran como tú.

 

De la angustia de tocar el desorden

de un cuarto azul,

de atreverse a borrar en la pizarra

un último monigote,

nace la tristeza, hijo.

 

La vida es una alimaña ciega.

 

¡Y nunca podremos vengarnos!

 

                 ©Rubén Lapuente

Vuelo en Ala Delta

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de niño soñaba que tenía unas alas para volar de casa (rubén lapuente)

Erizada la piel, lo espero.

Con mi arnés de pájaro,

mi disfraz de libélula.

Desde aquel niño

que agitaba las manitas

y se arrojaba al vacío en sueños.

Viento que me arranca

del tobogán de la ladera

y a su espalda me abandono,

y me lleva,

                 me eleva, me eleva...

sobre la estela romana que corona el azor,

por encima de las copas de los pinos,

de las torres de asalto a la inocente paloma,

del rebaño de corzos que barruntan

la venida de un nuevo enemigo.

Y al virar las alas, en un  escorzo,

veo al bosque elevarse

mucho más allá de mi cabeza.

Y me ciño a su cintura verde.

Y me aferro a las riendas

de aquel dulce miedo de infancia.

 

Se estira el viento

en los hilos de mi marioneta

y aunque pierdo altura

todavía me lleva, me deja, me lleva…

por encima de los tejados ofrecidos

a un diluvio de agujas y piñas,

sobre la nueva vía verde al embalse,

siguiendo la sombra de mi sueño

de azor en el agua.

 

Y desciendo,

tenso, vaciado.

Con la sensación de que de detrás mío

viajan aún todas las imágenes,

que me alcanzan, me rebasan,

y que es ahora, cuando,

de pie, sin salir de la crisálida,

el viento me arranca

del tobogán de la ladera

y  me lleva,

                        me eleva, me eleva...

 

                            ©Rubén Lapuente

   (El Rasillo de Cameros)

 

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