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ANOREXIA

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Mi cuerpo

como debería ser el mundo.

Como la huella en el agua.

Que no tenga nada dentro.

Que sólo suene de alarma

el gemido de mis vísceras.

Siempre voy gélida.

Y mastico nerviosa

cubitos de hielo

para atemperar al corazón.

Lúcida en este frío insomnio.

Ya soy la esbelta silueta

que dibujaba en un papel

el que vestía a las princesas.

Y la comida

esa intrusa que peso en la balanza

me entumece los sentidos.

Pero no es bastante exigua

mi sombra en la pared.

Y el espejo todavía

refleja mi carnosidad

como si la báscula mintiera.

¡Vamos!

Menos calorías.

Más levedad.

Más mentiras.

Más trampas.

¡Vamos!

Más jugos en el remolino del agua…

 

¡Dios mío!

Mi cuerpo como debería ser el mundo.

Tan curvado ya en el tallo.

Con tanta arena en la sed.

Con ese voladizo

que me oculta de la luz.

Con esa hondura

que me da vértigo.

Y mi boca,

mi boca,

cómo regurgita

los latidos que me sobran.

Cómo deviene mi garganta

en ese ojo irritado

como el de una aguja

por el que sólo pasa el asco.

Y este vello fino y largo

que me mece el miedo.

 

¡Dios mío!

Mi cansancio,

mi enorme cansancio…

 

¡¿Es que no hay nadie ahí?!

                                  Rubén Lapuente

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