Blogia

El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

Minas antipersona (26.000 víctimas mutiladas al año)

Minas antipersona (26.000 víctimas mutiladas  al año)

¿Te imaginas que sembraran

bajo el asfalto

semillas del diablo?

¿Salir a la calle de tu ciudad

como a las dunas del Sáhara,

como a un camino de Camboya,

de Irak, de Angola, de Colombia?

¿Te imaginas

ser como uno de ellos?

¿Tener bajo los pies la espoleta?

¿Peor aún, dentro de la cabeza?

¿Buscar, camino de la oficina,

la huella del zapato de ayer

en el reflejo de la acera?

Y si perdieras el rastro…

¿apretar los dientes, los ojos,

y creer huir del miedo

alargando la zancada?

¿Te imaginas que tu hijo

no llegara de la escuela?

¿Que fuera luego en el parque

uno más del corro de muletas

o que te mirara desde una silla

y te rompiera el corazón del alma?

¿Te lo imaginas?

 

En Angola, en Irak,

en Camboya, en Afganistán,

en Sudán, en Colombia...

no se lo imaginan:

lo viven en carne viva.

Sembraron las veredas

con semillas del diablo:

 “Es mejor mutilar al enemigo

que matarlo”,  rezaba ese lema

en las ferias de la guerra.

 

Y cada veinte minutos

dan su fruto

de brazos y piernas.

 

                                                            ©Rubén Lapuente

                                 

                                 

                                 

MORTAL Y JOVEN

MORTAL Y JOVEN

Sólo fue un momento.

En un escorzo casual mío.

En uno de los dos espejos

que forman ángulo en el baño.

Y de mi lado izquierdo.

Sobre alguna cómoda

sé que habrá algún instante de ella.

El tiempo va poniendo retratos

delante y delante…

En el fondo de un cajón

seguro que duermen sus cosas

a la luz de una rendija olvidada.

Cómo se parece a ti, oía desde niño.

Yo siempre creía

que me parecía más a mi padre.

Menos esta mañana.

Y de mi lado izquierdo.

Ahí estaba.

Casi miro el espejo con recelo.

Su rostro sobre el mío.

El mío sobre ella.

Su cara con la misma edad

que la que tengo yo ahora.

Paralizado me miraba en el espejo:

sus ojos, sus pómulos,

sus labios, su mentón…

Moví un poco la cabeza

para desorientarla,

para desenmascararla.

Me seguía.

Era la misma.

 

Abrí la sonrisa al mismo tiempo que ella…

 

Y desaparecimos.

 

               ©Rubén Lapuente

EL RÍO

EL RÍO

Me he tendido a la orilla del  río

con mi brazo abrevando en el agua.

Agua mecedora de alguna derrota

que me desvanece

que sabe atemperar el corazón

y me lo rinde.

Su murmullo

me hace desaparecer

en rocío de sentidos

sobre una piel

con venas de su agua

con cauce de mi sangre.

Y siento que ya soy el río.

 

Por el camino oigo el ritmo de un cayado,

el roce de ropa gruesa a cada instante,

el compás de zancadas acercándoseme.

Los tres sonidos atados en un mismo susurro.

El saber que se acerca alguien

hace que mi brazo sienta el frío de la corriente

que mi corazón despierte

que el río se me aparezca por entre los dedos.

¡Buenos días!

Y hermosos, le digo.

 

Mientras voy oyendo cómo se aleja su cayado,

el roce de su ropa gruesa,

la zancada firme siempre medida,

cómo los tres sonidos atados en un acorde

bajan hacia el valle...

saco mi brazo del rumor del agua,

ya de otro río.

                     ©Rubén Lapuente

                    Villoslada de Cameros

                    Sierra Cebollera . Cascadas de Puente Ra.

                           Río Iregua.La Rioja

CIERVO

CIERVO

    la vida es ciervo herido que las flechas le dan alas(Góngora)

                      I

                          (Berrea)

 

Brama su sexo candente.

Lo oigo desde casa,

lo oímos.

Si el otoño soñara,

sería con este hermoso ciervo,

altivo  mascaron

voceando en los calveros

su profundo y enorme

deseo insatisfecho.

Lo oigo desde casa,

lo oímos.

Y mi mujer bromea conmigo:

¿Eres tú cariño?

 

 

        II

     (Sexo)

 

Tras los pinos,

le veo cercar su ardiente

establo.

Le basta un hilo de olor

de su tierra orinada.

Dentro,

un harén de hembras

mira el calendario

en el cambiante color

de las agujas.

No sienten

si ganará o no

enredado en otras cuernas

(no he visto grabado

ningún corazón atravesado

por una flecha)

Sólo desean,

que apremia el tiempo,

que las cubra

deprisa,

un pálpito de carne

en el crepúsculo.

 

  

 

           III

   (Premonición)

 

Desmogado, agazapado

en su yacija de sueño tembloroso,

al mirar a su alrededor,

le empezará a nacer

una terrible memoria

de ausentes.

Bastará el eco

de un lejano estampido,

para, asustado,

equivocarse de dibujo

en la pared de detrás

que mimetiza

y le esconde.

 

 

          IV

     (Muerte)

 

Con hambre de hambre,

bajó a ramonear

contenedores.

Sin la espesura.

Como un manojo de nervios.

Con todo el frío del miedo

en las venas.

Acorralado por sí mismo

en el puente,

mis aspavientos

le hicieron creer

que era yo su verdugo.

Por un momento pensé

         que iba a desplegar las alas.

 

                       ©Rubén Lapuente

               (El Rasillo de Cameros)

 

INFLUJOS DE UN BALÓN

INFLUJOS DE UN BALÓN

Bajo el brazo llevaba

un tesoro de amigo.

Antes fue

un rebujo de periódico,

un atado de hilas,

un limón verde y seco.

 

Dormía bajo la cama,

bajo mi sueño.

Yo hacía la tijereta,

la vaselina,

el remate de cuchara,

la rabona.

Y daba en la diana,

con los ojos cerrados.

 

A falta de campo

tomaba las aceras.

Bajo los motores aparcados

se quedaba preso.

Sólo me paraba el juego

el claxon de un vehículo,

el sobresalto en el corazón

de un estallido.

Subía al cielo

a mirarse en los cristales,

y acababa de rehén

en el balcón del primero.

Era la plaga

de las huertas en verano.

Del colegio sólo recuerdo nítido

las patadas a ese cuero.

Y el primer día de la camiseta

a rayas rojas y blancas

iluminada por mi dios falso de niño.

Y cuando me miraba ella,

regateaba hasta los guijarros.

 

Sobre el horizonte de mi ventana

ocultaba el cielo de estrellas.

Y lo iba a buscar hasta

en el fondo de un barranco.

 

Antes de ser

el héroe de mi sueño,

me rompió la rodilla

un defensa leñero.

Se desinfló mi balón de futbol,

aunque ahora mi infancia

sea mi propio hijo

y su sueño sea el mismo.

                           ©Rubén Lapuente

        para mi hijo Abel imán de todas las patadas

       sin más rodillas ya que romperse

LOS NIÑOS DE LAS CHABOLAS

LOS NIÑOS DE LAS CHABOLAS

En esta barriada adornada de escombros,

la infancia es un olor oscuro del cuerpo.

 

Por las ingles pasa la pobreza:

el escozor de la mugre

en las ratoneras de la piel.

El día separa la basura de la basura.

Vaga para traer alguna rupia a casa.

Vuelve por el camino largo sin escuela

tirando de un bidón de dudosa agua.

 

Mientras un cohete indio

corteja a la luna,

unas letrinas en bolsas de plástico vuelan,

un albañal a las afueras de las casas de chapa,

gotea y gotea.

 

¿Cómo se consigue vivir

en un acomodo imposible?

 

Menos la sonrisa,

vinieron a la luz dentro de una jaula,

de una casta cuya mera sombra

es a los ojos de los otros,

la más sucia.

 

"Ganaremos el agua,

el agua,

que nos pertenece.

Que se arranca de un reflejo húmedo.

El agua que aquí te moja por dentro.

Que es un río de pureza.

Que te lleva lo amargo.

Que baja sagrada de las manos de los dioses.

Zambullirse,

como llenos de una fe ciega

en un templo verdadero.

 

Ganaremos el agua,

el agua,

que nos pertenece.

Bañarse en la alberca redonda para recordarlo siempre.

Trocito de río Yamura que te abre la camisa de la carne.

Ganaremos el agua

aunque se doble.

Monzón de la fuente que te descubre la vida.

Asaltaremos su hermoso fortín

hacia la estela de los dioses.

Somos los niños de las chabolas.

El agua, ahí está el agua.

No podrán quitárnosla.

Baja sagrada

también para los parias.

 

¡Al abordaje!"

 

       ©Rubén Lapuente

       (Raj-Path,  Nueva Delhi)

VEGETARIANO

VEGETARIANO

                          Mercado de San Blas de Logroño

 

Voy al rumor fresco del mercado.

A este templo de vergel en los altares.

Vitral de frutas y hortalizas.

¡Cómo huele aquí a incienso

de huerta, a parto de tierra!  

Me rodea la acuarela

del fondo del mundo.

El taller de lo adrede.

La hechura mágica

que será naufragio dentro de uno.

¡Qué belleza de colores

de esta vega talada!

¡Cómo remueve la pureza

de un nuevo deseo!:

La cintura de mujer en la fruta.

Émbolos de asombro en el racimo de plátanos.

Los senos tempranos en las cerezas.

El bróculi como bosque

visto a ojos de pájaro.

Las rosas verdes de las alcachofas.

Los pétalos de endivias como góndolas varadas.

Las vainas preñadas de perlas en sus gibas.

Minuciosas nalgas de carne de pulpa

de melocotón de terciopelo.

 

Y yo voy hoy y lleno mi capazo:

Kiwi para el valle verde de mis pulmones.

Fresones para la doble mejilla de mi corazón.

Guisantes para mi iris apagado.

Témpanos de sandía a la deriva

para el talud de mi garganta.

Dulces manzanas para el perfume

de mis calles.

Naranjas para el atardecer último de mis venas.

      

Necesitan de mí para continuarse,

de mi papel secante de cosechas.

Y aprendo más de esta bodega de jugos,

de siglos de estío, de olores, de pulpa de milagro,

que se amalgama conmigo

que de esa hilera de párvulos colgados de garfios

que me recuerdan la historia que tenemos.

 

Y salgo dándome un tirón en el renuevo

de mi capazo.

                                    ©Rubén Lapuente

DEBILIDAD

DEBILIDAD

        Tú serás amado el día que puedas mostrar tu debilidad

         sin que el otro se sirva para afirmar su fuerza (Pavese)

 

Cuando estoy solo,

cuando me ha vencido,

bajo a la tierra de mi cuerpo.

Por ahí anda

el rebelde capitán

de mi hueste,

de eterna algarada.

Ha conseguido

ahogarme la voz  

si intento mostrar

mi ternura.

Me vierte

el cuenco de las lágrimas

por la orilla equivocada.

Esa rata que deja un rastro

de costra por mis galerías,

se ha hecho muy valiente.

Se cree un partisano.

Ahora dice,

lo pinta en los ademes,

que yo soy el otro,

que huye de mi tiranía.

Que él es quien quiere

enseñar su corazón

y yo le cerceno la boca.

Que necesita librar el dolor

y que le apuro las lágrimas.

Pero esta traza mía de escara

que dejo tras de mí,

se parece tanto a la suya,

que yo ya no las distingo.

No puedo seguir su rastro.

Se zafa tan bien de mí

en estos parajes sombríos.

Estará subido a la atalaya de mi cielo,

ocupándome, claro.

Pero no me tomará los sentimientos.

Ahora soy yo el partisano

de los suyos.

Su tumor  

que le hará bajar a buscarme

en esta tanda

incesante y absurda

en la que ninguno de los dos

enseñará su debilidad.

                                ©Rubén Lapuente