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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

LA LLUVIA

LA LLUVIA

Siempre vuelve la misma lluvia.

 

¿La reconoces?

 

Cada migaja que te toca

que te despierta

que te cala

punza su memoria en tu piel.

 

¡Sal!

¡Sal a la lluvia!

Como a una derrota,

como a una alegría.

Que el hueco del corazón

lo llene el prodigio del agua.

Que te moje la gota

que rozó aquel beso,

que limpió la herida del ciervo,

que en el terraplén

alivió la muerte del soldado.

 

¡A la lluvia!

¡Sal a la lluvia!

Que se embeba de ti,

que se amalgame

con tus lágrimas.

 

Regresará un día,

y otro, y mil,

hasta que la ventura la deje

en la comisura de unos labios

e inunde una boca

de lluvia de memoria tuya.

 

¡Sal!

¡Sal a la lluvia!

 

 ©Rubén Lapuente

EL MALEFICIO DE LA RAMA

EL MALEFICIO DE LA RAMA

La medida del río era la de mi cintura.

Aunque me veía en el agua reflejado,

sólo miraba su fondo, su vida:

La pandilla de renacuajos,

el cangrejo de curva de guijarro,

el pez bajo la arcada de mis piernas.

Ni oía mi corazón,

ni el rumor del agua.

Lanzaba las ramas,

contracorriente,

esperándolas.

Y que no se me escapara ninguna.

Me iba en ello, el azar, el futuro,

el maleficio.

 

La medida del río es la de mis rodillas.

Y ahora, sí, me veo en el agua reflejado:

La fauna de mi vida en el légamo,

el corazón al ritmo

de aquel mismo rumor mudo.

 

El niño que llevo dentro,

con la cara aplastada

al cristal de mi cuerpo,

me señala una rama,

y la lanzo río arriba,

esperándola.

Pero al moverme,

al hacer un ademán para cogerla,

me resbalo,

y se pierde, rauda, corriente abajo.

 

“Que no se me escapara ninguna”

Dentro de mí, todavía hoy,

se revuelve aquel niño.

 

                        ©Rubén Lapuente

                      Sierra Cebollera. Río Iregua.La Rioja

LA BARQUILLA

LA BARQUILLA

El chorro de un bidón de agua

le quita el polvo de la piel,

le despega el vestido.

Un algodón embebido

separa cada pestaña,

le limpia el barrillo

de las orillas de las cejas.

Los afeites en los cabellos

y en el cuerpo lavado

le devuelven la dignidad

rosa de la inocencia.

Un vestido blanco,

una flor en el pelo,

y eso es todo.

 

Ahora tiene  

el mismo dulce rostro

que cuando se quedaba

dormida.

 

Un traqueteo sombrío

bajando las escaleras

le hace a su padre

ir más despacio.

 

Al llegar a la calle

sobre un mar de olas

de manos,

la barquilla rompió 

las amarras.

 

        ©Rubén Lapuente

ATADURAS

ATADURAS

Si no me llamaran desde la debilidad

Si no supiera ver la belleza dentro del escombro

Si no me rozara esa mano herida el sueño

Si no tuviera que arroparla desde el silencio

Si no hubiese sollozos que rescatar del viento

Si en la larga fila de la calle no buscara algunos ojos

Si no me persiguiese la mirada de la niña en el espanto

Si no levantara la mano para alistarme en el barro

Si al verme no me leyeran en la frente sublevado

Podría morir

                                  ©Rubén Lapuente

LA VIDA ES VER VOLVER

LA VIDA ES VER VOLVER

                                   la vida es ver volver(Azorín)

Me quedé parado frente a la puerta

con la mano en el aire sobre la manilla.

Pensaba que los sollozos

los escribían ya sobre un papel,

tan reales y habituales en la mentira

que hasta los míos

si los rescatara del recuerdo,

parecerían ante ellos

encogidos.

 

Volví sobre mis pasos

hasta la dueña de los secretos.

-¿Qué le pasa?

El corazón.

-¿El corazón?...

 

(El perfume adolescente

que dábamos

sobre los bancos de madera.

La primera mirada

despeñándoseme dentro.

El esfuerzo necio por parecer cultos

cuando sólo soñábamos con  la piel.

El temblor naciéndome  

de otro temblor.

La brasa de aquel incendio

que huyó de la memoria,

hoy tatuada,  

y que sólo borrará la muerte.

Y en un adiós, te arrancan de cuajo…)

 

…El corazón.

¡Vete! ¡Vete!

 

Y antes de girar la manilla,

se me vuelve

y me sonríe con los ojos.

 

¡Qué estrella tiene!

El mejor trozo de nuestra vida, le toca.

Todos los sollozos,

todo el candor, sobre ella.

 

La vida es ver volver.

La vida es ahora.

 

                              ©Rubén Lapuente

 

RITUAL DE SUS MANOS

RITUAL DE SUS MANOS

Cuando arrecia el frio de madrugada,

yo con un pie navegando los cielos

y con el otro de vigilia,

comienza el ritual de sus manos.

 

Dice que el frío le entra

por la yema de los dedos,

que hay algunos huesos

que le parece que duermen

junto al rocío.

¿No será por la maldita costumbre

de no cerrar la ventana

por si nos quedamos sin oxígeno

o es que ese aire frío

es el que quiere colarse de rondón

y robarnos la tibieza

de nuestro lecho?

 

Bajo la brasa de mi cuerpo

desliza los primeros

cinco carámbanos.

Yo mientras tanto ato

la cola de un tardío cometa

a mi entresueño.

Y poco a poco mi fogón arriba

a cada gélido tuétano.

Es el instinto quien le lleva al bálsamo

de mi sangre caliente.

Y haría mal en taponarle

mi costado sobre la sábana:

No es bueno despertar al sonámbulo.

 

Cuando me desliza

los otros cinco témpanos,

ya de un salto me apeo

de los mapas del cielo.

Me doy la media vuelta,

le emparejo las palmas de las manos

y como lapas entre las mías,

se las cierro.

Y ahí frente a mí, está ella,

con esa fría y cálida somnolencia

que le deja todavía un pequeño

temblor en un párpado,

que nunca sabré si es un guiño

desde el  amor del sueño…

No es bueno despertar al sonámbulo.

 

                            ©Rubén Lapuente

BAJO EL INFLUJO DEL LAGO

BAJO EL INFLUJO DEL LAGO

                     el rasillo mirándose en el agua

Sólo soy una mirada en el tiempo

sobre este río que pronto anega el valle

donde todas las ventanas giran alrededor

de un redil de agua muda.

La hélice de luz del lago, su fulgor,

conquista cada refugio de intimidad:

Es como el retrato que miras cada mañana

en tu mesilla.

Su influjo,

si hundes los ojos en sus aguas,

recorta las uñas a tu alimaña,

te lleva dulcemente maniatado a la nada.

 

Un paseante se detiene en mi verja:

“Es una glicinia, su trabazón

revienta en mayo de belleza.

El olor de los racimos de sus flores

te acosa, vuelva si quiere”, le digo.

Mi vecina pasa y me regala

semillas de aliso, de petunias,

raíces de violetas silvestres.

Otro me enseña sus ramas de árbol

naciendo del suelo del baño,

traspasando el falso techo de yeso.

“Lluvia a la orilla de un hayedo”, le digo.

Otro me pide lanilla de acero

para que vuelva a respirar

la ahogada  madera de su puerta.

El espejo del lago nos tiende su hechizo.

El tiempo calza aquí zapatillas de paño.

       

Sólo soy una mirada en el tiempo

sobre esta agua

que viaja conmigo a la ciudad

que se abre paso bajo los puentes

como una joven espalda luminosa.

 

A la terraza de un café llego

en el ocaso de la tarde.

Una mujer,

con esa breve belleza oscura

que como le sale de un recodo,

le vuelve a aparecer en otro,

me atrapa,

me ancla la mirada sobre ella.

-¡Qué mira!

-Perdón.

La he confundido con alguien.

Tenía mis dudas. Perdón.

 

Sólo soy una mirada en el tiempo

sobre el agua, sobre la belleza dormida

que rastreo dentro de otra carne.

 

Al irme, debo de tener el halo del lago rondándome:

La mujer me regala una sonrisa distinta,

aún no tardía…

                                ©Rubén Lapuente

                                 (El Rasillo de Cameros)

 

HISTORIAS DE MI TEJADO

HISTORIAS DE MI TEJADO

                       por ahí ando lavándole la cara a mi tejado

Cómo voy a talar esos pinos,

mis  fieles soldados de madera.

¿Por esa lluvia de gotas de agujas?

¿Por el sobresalto de alguna piña

que abrazados nos despierta?

Antes de que se desborde la canal

me colaré por la lucera

como lo hacía de niño

por la gatera de mi puerta.

Ella no me puede ver.

Camino de espaldas, a gatas,

por un talud de un mar de olas

de barro quietas.

Soy el barrendero de mi tejado,

el que lo limpia y acicala

por si alguien se asoma un día  

por el mirador de las estrellas.

Hago vadear la escobilla

por los cien canales

de graneros de verdes agujas,

de arsenales de granadas de salva.

Y lo llevo todo hacia una gárgola

que achico con una larga cuchara

de madera.

Luego me tiendo un rato sobre las tejas

escudriñando el interior de las copas.

Mientras mordisqueo  una hebra suya,

pienso que podría haber sido un venado

y ramonear erguido cada brote

de esas ramas.

 

Como tardo, me llama desde abajo:

¿Pero vas a bajar?

Ya acabo, le digo.

Luego me habla,

de que no quiere que me suba,

del peligro de caerme,

del fuego del verano que no mira,

del hogar en el viento de las cenizas.

Me pondré unos arneses, le digo .

Unas botas con suela de garras de águila,

unas alas que den tiempo a mis pies

a posarse en la yerba.

Todo menos talar esos pinos,

mis fieles soldados de madera.

Guardianes de mi tranquilidad.

El paisaje en la niñez de mi alma.

Contigo no se puede hablar en serio,

me dice, dándose la vuelta.

Volverá a la carga.

 

Si supiera que hoy

que ha empezado la primavera,

he dado unos pasos de baile…

(que he hecho de volatinero por la cumbrera)

 

                       ©Rubén Lapuente

                      (El Rasillo de Cameros)