ODA A LOS PINOS
Si la luz tomara otra altura,
estos avizores de vanos,
de claridades,
escalarían reflejos,
su nuevo espigado cielo.
Bajo estos hijos
de aquellos mástiles velados
que surcaron los mares:
camino, grito, me escondo,
me hallo a mí mismo.
Y tomo sus troncos
como brazos en jarras,
y voy de uno a otro,
girando, bailando
en el tronar de la verbena
de esta verde plaza
que huele ya a tristeza.
Antes de que el hacha se lleve
los pinos marcados,
como un enajenado capitán
formo a la compañía
y voy repartiendo consuelos:
Tú, serás mi libreta rayada,
la del esbozo de mis poemas
que escribiré sobre tu entraña abierta.
Tú, la espalda blanca encuadernada
con la caligrafía en tinta de versos
de Neruda, de Juan Ramón, de Benedetti:
el breviario eterno de mis poetas.
Tú, serás los largueros de mi tálamo
en el corral erizado de placer.
Tú, qué suerte, sin marca,
morirás enhiesto, altivo,
sin que lo sepa nadie.
Tú, serás el banco
junto a la puerta de mi casa.
…
Y pasada la revista,
como un soldado más,
me pongo al lado
del que más conozco.
De pie. Y erguido.
Y cierro un momento los ojos.
©Rubén Lapuente
(El Rasillo de Cameros)