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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

ODA A LOS PINOS

ODA A LOS PINOS

Si la luz tomara otra altura,

estos avizores de vanos,

de claridades,

escalarían reflejos,

su nuevo espigado cielo.

 

Bajo estos hijos

de aquellos mástiles velados

que surcaron los mares:

camino, grito, me escondo,

me hallo a mí mismo.

Y tomo sus troncos

como brazos en jarras,

y voy de uno a otro,

girando, bailando

en el tronar de la verbena

de esta verde plaza

que huele ya a tristeza.

 

Antes de que el hacha se lleve

los pinos marcados,

como un enajenado capitán

formo a la compañía

y voy repartiendo consuelos:

 

Tú, serás mi libreta rayada,

la del esbozo de mis poemas

que escribiré sobre tu entraña abierta.

 

Tú, la espalda blanca encuadernada

con la caligrafía en tinta de versos

de Neruda, de Juan Ramón, de Benedetti:

el breviario eterno de mis poetas.

 

Tú, serás los largueros de mi tálamo

en el corral erizado de placer.

 

Tú, qué suerte, sin marca,

morirás enhiesto, altivo,

sin que lo sepa nadie.

 

Tú, serás el banco

junto a la puerta de mi casa.

Y pasada la revista,

como un soldado más,

me pongo al lado

del que más conozco.

De pie. Y erguido.

 

Y cierro un momento los ojos.

 

        ©Rubén Lapuente

        (El Rasillo de Cameros)

LA MANÍA DE CONTAR

LA MANÍA DE CONTAR

Esa manía de contar…

los ojillos de alba de la persiana

que no llegara mi madre antes;

la de sus primeras canas

con aquel presumido

revuelo de su melena

que me hacía comenzar de nuevo;

los pétalos de las margaritas

y que me fueran todos impares

me iba en ello su cariño.

¡Y quería que me contara

el equilibrio de un cayado

subido al índice de mi dedo!

 

¿Y esa manía de contar estrellas

en las noches de verano,

de agotarme en los números

creyendo haber llegado al infinito?

 

¿Y mis zancadas,

medida de aquel puente

que escalonaban mi altura

de muchacho?

¿Y las horas que faltaban

para irme a desaparecer

en el agua del río?

 

¿Y la angustia de fijar el año

en el que me vería con el mismo

perfil de mi padre derrotado?

 

Hace ya mucho tiempo

que perdí la manía de contar.

Sólo alguna noche, en la cama

y piel adentro,

me vuelve:  aquel trasluz,

la hebra de nieve,

los “me quiere” en el viento,

su fatiga en mi alarde,

mi mirada de estelas,

el soldadito en el puente,

el recodo del agua,

la cabeza contra la pared de mi padre.

 

Y piel adentro,

quieto todo, lo sobrevuelo …

una, dos, tres,…

hasta que me quedo dormido.

 

                                            ©Rubén Lapuente

TATUAJE

TATUAJE

"¿Donde habría de ser?                 

Donde rezume humedad.

A la verita del musgo.

¿No vive por ahí ese anfibio?

Será la estampa de mi genio.

El antojo de mi calma.

La encrucijada inevitable

 ante mi cuerpo desnudo.

Y la veré en el espejo,

de relámpago.

Caminaré sintiéndola

asomarse al pellizco

de la cremallera

de mi pantalón.

Al equilibrio imposible

del horizonte de mi falda.

 

¿Y su medieval leyenda

de atemperar el fuego?

Póngamela ahí.

A la verita del musgo.

Sinuosa silueta para el cortejo.

Branquia respirando deseos de saliva.

Reojo testigo de empellones en mi carne.

 

Y verla luego deformada en la preñez,

tomando mis estrías.

Quizá la mire ya cansada de creerme

que es algo más que un tatuaje,

que un torpe dibujo de salamandra,

y se me vaya borrando

de la piel de la vida,

escondiéndola de mí misma,

como una cicatriz más

de otro sueño roto."

 

                                  ©Rubén Lapuente

                                a Teresa que ya recela de su salamandra

HORMIGAS

HORMIGAS

Se topan con mi mano.

Las extravío.

(Como si la vida no les fuera dura.

Gigante que me tirara

de los cabellos)

Salen ligeras.

Entran con pinzados fardos.

Génesis gemela   

nuestra:

Cubil sin alba y

batida de migajas.

 

Retiro mi mano

y la fila se restablece.

Una, ¿traviesa?

deserta de la hilera.

Se para.

Todavía no me mira,

como yo

estrellas.

 

          ©Rubén Lapuente

         (El Rasillo de Cameros)

PALABRAS DE AMOR

PALABRAS DE AMOR

Le digo que me bese de puntillas

que gateen sus pies hasta mi boca

que si me alcanza,

le voy a dejar abrir

la caja de mis sueños,

le voy a pedir que se venga

a respirar conmigo,

con este medio paréntesis

abierto de vida y muerte

que necesita de un otro medio delante,

luminoso y creciendo.

 

Que no sólo nos hallaremos

sobre la ardiente piel dorada

del deseo.

Que nos encontraremos también

en los olvidos de la cocina;

en el sabor del errado e igual

cepillo de dientes;

enmarañados de crines

en el vértigo del lavabo;

en el agua gastada de la bañera;

en el duro perfil sorprendido

por un presagio de angustia;

en las huellas raídas de las sábanas;

en el olor quieto de las dos

mitades del armario;

en la noche que cambiemos

de lado en la cama

esperando inquietos soñar

secretos del otro;

en la ira de algún día

que su mano parará en mi boca.

 

Se lo iba diciendo todo,

mientras subía a mis labios,

y, poquito a poco, ella,

se fue atando a mi cuello…

 

                           ©Rubén Lapuente

Vuelo en Ala Delta

Vuelo en Ala  Delta

de niño soñaba que tenía unas alas para volar de casa (rubén lapuente)

Erizada la piel, lo espero.

Con mi arnés de pájaro,

mi disfraz de libélula.

Desde aquel niño

que agitaba las manitas

y se arrojaba al vacío en sueños.

Viento que me arranca

del tobogán de la ladera

y a su espalda me abandono,

y me lleva,

                 me eleva, me eleva...

sobre la estela romana que corona el azor,

por encima de las copas de los pinos,

de las torres de asalto a la inocente paloma,

del rebaño de corzos que barruntan

la venida de un nuevo enemigo.

Y al virar las alas, en un  escorzo,

veo al bosque elevarse

mucho más allá de mi cabeza.

Y me ciño a su cintura verde.

Y me aferro a las riendas

de aquel dulce miedo de infancia.

 

Se estira el viento

en los hilos de mi marioneta

y aunque pierdo altura

todavía me lleva, me deja, me lleva…

por encima de los tejados ofrecidos

a un diluvio de agujas y piñas,

sobre la nueva vía verde al embalse,

siguiendo la sombra de mi sueño

de azor en el agua.

 

Y desciendo,

tenso, vaciado.

Con la sensación de que de detrás mío

viajan aún todas las imágenes,

que me alcanzan, me rebasan,

y que es ahora, cuando,

de pie, sin salir de la crisálida,

el viento me arranca

del tobogán de la ladera

y  me lleva,

                        me eleva, me eleva...

 

                            ©Rubén Lapuente

   (El Rasillo de Cameros)

 

SOLDADITOS

SOLDADITOS

                           mi triste soldadito niño

¿De dónde nace la tristeza, hijo?

Hasta la muerte mira de otra manera.

Fue antes del cuento que teje

su red de sueño inquieto.

Antes de subir al traqueteo  

de la camilla del pavor.

Pero si te recuerdo así, hijo,

remueves el fondo de mi vida.

Y estas palabras no son para ti,

tú, que saliste a flote

de aquel pabellón

de malheridos soldaditos :

“Suero de luciérnaga,

avenida de luz en las venas”

te decía , llevando

de liana en liana

aquel leal muñeco

con el que sellamos

una alianza de sangre.

 

Estas palabras no son para ti,

ni para mí tampoco, hijo,

que me daba vergüenza

que me vieran tan débil.

Son para esas mujeres

de ojos como lobas heridas

que por aquellas habitaciones

entre palanganas de orina

enferma de niño,

y tibias esponjas teñidas

veían caer a sus soldaditos,

que eran como tú.

 

De la angustia de tocar el desorden

de un cuarto azul,

de atreverse a borrar en la pizarra

un último monigote,

nace la tristeza, hijo.

 

La vida es una alimaña ciega.

 

¡Y nunca podremos vengarnos!

 

                 ©Rubén Lapuente

Mariamor

Mariamor

Hoy no se detiene mi corazón en la piel,

va muy por delante mío

con esta blanca y rubia luz trasparente,

con esta naturaleza

que necesita bien poco que la mire

para ser una parte mía.

¡Qué poco he tardado en habitarla!

 

Hoy no se detiene mi corazón en la piel.

Y con ella voy a mi arboleda,

a echarme con la cabeza sobre su vientre.

Y por primera vez siento el vértigo

del entramado de la vida bajo mi mejilla.

Ese maderaje que cobija

el empuje de memoria tras memoria.

Sazonada vasija de vida y muerte irrepetible.

¿Cuánto tiempo más voy a tardar en habitarla

si todavía me paro en su puerta

con los nudillos en el aire?

 

¿Porqué no recalar en cada herida

que trae a casa?

¿Porqué no asfixiarme con ella

si nos hemos elegido?

 

¿Cuánto tiempo más voy a tardar en vivirla?

 

¿Y si empezara por cambiar las formas?

Y ahora mismo.

Que todo diera un giro inesperado.

Empezar añadiendo

como un guiño suave mío

una hermosa palabra a su nombre:

 

Mariamor,  ese paisaje interior

pide una mano de belleza,” le digo

 

Y al mirarme,

mi cabeza ladeada sobre su vientre,

sonriéndola,

le enseño lo más oculto

que guardo.

 

Lo que no se arropa.

Lo que no muda nunca.

 

Y empiezo ya a sentir mi vacío.

 

©Rubén Lapuente

pintura de Maria Ortega Estepa