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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

EL OLMO DE EL RASILLO

EL OLMO DE EL RASILLO

 

Enferma como tú, como yo .Se le había abierto demasiado la herida. Pero, ¿quién oye socavar un universo de anillos? ¿Quién descubre esa pequeña hoguera de dolor dentro  de la madera? ¿Sabía alguien que los árboles mueren de pie? Su terrible hueco, ya era papelera de la chiquillería; canasta de jóvenes probando su tino; covacha de orines de borrachos de madrugada. Y quién puso su mano en la fiebre  de su  frente sabía que era el último olmo de montaña de España en una plazuela. Sabía que es el  emblema de cuatro siglos de un pueblo. Que ha sido cita, testigo fiel de los juramentos, de la palabra dada, del apretón de manos… ¡Si aún hoy, hay sombra de compromiso bajo sus viejas ramas!

Y qué orgullo que aún beba de nuestra tierra, viéndonos nacer, vivir, morir. ¿Y dónde miraríamos si una noche cierra los ojos, si le derribara el viento o la indiferencia? ¿Cómo nos lo perdonaríamos?

 Ahora el viejo guerrero vuelve al combate: con una cincha de hierro en bandolera, con su tambaleo contenido por arneses… Y en la covacha, ya con cancela,una vara suya enraizada en una verde trastienda,  ya llena de maderaje la oquedad de su perfil de malherido quijote . Un vástago suyo escondido que envejezca deprisa, joven, para que parezca que rejuvenece despacio, viejo. Un hijo que pronto se encarame a su padre moribundo, a la cumbre de su última rama vencida. Y que un día, al soltar las cinchas, los arneses, al dejar caer las muletas, ya desnudo de siglos...el corazón siga esperando, otro milagro de la primavera.

©Rubén Lapuente

 

 

      

                      

HIELO AZUL

HIELO AZUL

Hay una soledad pura.

Blanca y helada.

Sin gritos que nadie oiría.

Sin rescate.

Hermosa

para quien la muerte

es una conquista.

 

El aliento del mundo

desmorona la pared

de la helada cantera

del Océano.

Y va saliendo la nieve azul.

Sin aire.

Libre del peso del tiempo.

Fósil de la memoria del agua.

 

Y ya eres timonel

de la galera desgajada.

Marinero de sus gélidas jarcias.

E imitas el desnudo

de la nieve:

Tu azul puro, tu grial,

espejea como un fanal

de luz en la noche.

 

Y naufragas  en un mar sin cielo

que se mira a sí mísmo

como tú, ahora, sumergido.

 

Y que nunca  nadie lo sepa:

Que te sueñe el frió azul del olvido

que has conquistado.

 

                               Rubén Lapuente

NIÑO EN SU CUARTO

NIÑO EN SU CUARTO

                       Te duermes niño.

                       Te despiertas adolescente.

 

     En su pequeño cuarto

     mide el niño

     su esfuerzo:

     estira los dedos

     de la mano

     sobre el lomo

     de los libros.

     La geografía

     ya tiene su sitio

     en el desván

     del cielo de sus ojos.

     Al álgebra

     como a un dragón

     le blande su lanza

                        e intenta romper

                        su hechizo.

 

                        Vive inmerso

                        en la zozobra

                        de las palabras

                        de un pupitre

                        endemoniado:

 

                       "La vida es un viaje

                        hacia la muerte,

                        una larga enfermedad.

                        Piensa, piensa en ello"

 

                        Garabatea en su cuaderno.

                        Dibuja pensamientos.

                        Traza negras curvas

                        que se vengarán

                        de su tortuoso camino.

 

                        Al llamarle

                        para la cena,

                        de pronto, piensa

                        que su voz

                        será mañana

                        la que oye de su padre,

                        que, en este pequeño

                        cuarto, otro niño,

                        escuchará su voz

                        tras la pared.

                       

                        Ensimismado,

                        una ráfaga de luz,

                        desdobla, traspasa

                        mágicamente

                        su reflejo

                        en el cristal

                        de la ventana.   

                                          

                        -"¡Ya voy, ya voy!"

 

                        Sin oír sus pasos

                        al trasponer la puerta

                        del comedor

                        por primera vez

                        forzará la sonrisa.

                          

                              Rubén Lapuente

LA BELLEZA

LA BELLEZA

La belleza no tiene envés.

No guarda grados.

La paleta del tiempo

coloreó ese abanico

de plumas enamoradas.

Dibujó los ocelos

que ahuyentaron los acechos,

las traiciones,

la muerte,

y ahora son ardides

de una dulce cárcel

de miradas de deseo.

 

¿Cómo dudas de la belleza?

 

Si estuvo en ese duro perfil

tuyo sorprendido.

 

Si está en la gota de sudor

de levantar cada mañana

tanto cuerpo destrozado.

 

Si me la lanzaste,

sin querer,

radiante,

desde el profundo abismo

de tu boca besada

sin tiempo.

 

Rubén Lapuente

 

 

VOLVERME COMO UN PÁJARO

VOLVERME COMO UN PÁJARO

 

 

Cerrar los ojos.

Abrirlos en la suave

maleza de mis plumas.

 

Que cada mañana

me parezca

siempre la misma.

 

Leer cada día una página

en blanco del viento,

del sol, de la lluvia.

 

Llevar  la escuela aprendida

en el torrente de mis venas.

Que todo lo que tenga

acabe en el filo

de mis alas.

 

No estar confinado.

Migrar.

Amar por instinto.

 

Mirar al hombre

como a una alimaña.

 

Ser siempre el mismo.

 

No demorar la muerte:

Caer de la rama

como a un agujero

sin fondo del sueño.

 

Morir sólo para morir.

            

               Rubén Lapuente

 

El buitre.

La niña.

El fotógrafo.

A los tres les ha citado

en un descampado

 la muerte.

 

La niña,

demora mejor,

en cuclillas,

los embates del hambre.

Para no tenderse,

se acoda,

se da golpecillos

con la testuz en la tierra.

 

Se mece

todavía demasiado

para el valor del buitre

que no tiene prisa

y espera su despojo

abatido al sol

del páramo.

 

La estampa

requiere más fotogenia

pero el buitre

no colabora:

no afila el pico en la piedra,

no despunta sus garfios,

no despliega sus alas.

 

Cansado de esperar,

el fotógrafo

 posterga la cita.

 

El buitre.

La niña.

No hubo nunca

un vuelo más sórdido

sobre África.

 

      Rubén Lapuente

 

La foto es de Kevin Carter. Esperó 20 minutos, pero el buitre no extendió las alas. Ganó el premio Pulitzer. “Y después ¿ayudaste a la niña?” le preguntaban ,como una pesadilla, en todas las partes del mundo. A los dos meses de ganarlo se suicidó.

TRAVESÍA NOCTURNA

TRAVESÍA NOCTURNA

El coche en marcha

ilumina la entrada

en el pantano.

Me sumerjo, surjo,

me abismo, afloro:

en el vaivén de mis brazadas

avanzo cerrando

la cremallera sobre el agua.

 

Los dos faros me arrojan

desde la otra orilla,

ya conquistada,

mi estela

en sus lazos de luz tranquila.

Sereno,

suelto mi cuerpo inmerso,

aletean mis pies

hasta el légamo:

soy un huésped

en el cubil de la carpa

desde donde miro

la turbia noche de adentro:

se puede soñar bajo las aguas.

 

Afloro cansado, sin agallas.

Floto, tendido en cruz,

bajo la belleza baldía de arriba

sobre el mundo oscuro

de la otra vida de debajo,

en la travesía… hacia qué ribera?

 

El cambio de luces del coche

sorprende mis  mejillas.

Y reanudo mis brazadas:

me sumerjo, surjo,

me hundo, nazco,

abriendo la cremallera

sobre la piel del agua.

      

            Rubén Lapuente

          

NIÑO PINTOR

NIÑO PINTOR

El color,  ese sufrimiento

de la luz(Goethe)

 

 

Si le doy a mi hijo

una tiza, un pincel,

un lápiz de colores.

le doy la mano del viento

Le doy el vuelo

de un hilo de alambre

del sueño.

Y me pinta una casa

su bólido,

un sol amarillo,

y a un tipo con antenas

(¿o es su remolino en el pelo?)

con sonrisa de payaso

 

No titubea, no tacha,

no copia, no sufre.

Aprieta el color

para que salga más intenso,

más llameante.

Y, o rompe la mina del lapicero

o se queda sin fuerzas,

medio dormido,

sobre los colores.

 

Sin una pizca de pintura

en la memoria

lo que le sale es definitivo,

original, puro, sin patraña.

Y lo hace de carrerilla

como si llevara mucho 

tiempo en el arte.     

Luego pone su nombre

a la lámina con letras

desmedidas:

Y la olvida para siempre.

 

Y a otra cosa, mariposa.

 

     Rubén Lapuente