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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

OJOS DE DEHESA

OJOS DE DEHESA

                                                a Carmen en su destierro    

Le estorban las montañas.

Son murallas

que no le dejan ver

lo que hay después.

Demasiados árboles -dice-

para fijarse en alguno.

Sin ese confín no hay sosiego

en su terco corazón.

 

¿Quién se cansa de mirar el mar?

¿Quién no se descubre

ante una noche de estrellas?

¿Quién desvía la mirada ante

un valle de cerezos en flor?

 

Ella desea la lejanía

para no acabar nunca

de abarcarla.

Si se perdiera,

lo haría bajo

esa techumbre.

Si amase, 

se volvería al sonrojo

último de aquel horizonte.

Si le hicieran daño,

buscaría el aliento

de ese dibujo en los ojos.

 

Para entenderlo

tendrías que haberlo visto

desde muy niño

o como yo

volver a nacer

dentro de su mismo sueño.

 

¿Cómo no va a echar de menos

el mar de su tierra,

si allí se hizo dehesa?

                                   

                                                                     Rubén Lapuente

                                                         (Salamanca)

EL BIG BANG

EL BIG BANG

Lo hemos llamado universo.

Quien lo deja que toque el suelo

lo mancilla.

Y pierde.

Y lo pena.

Lo avienta el soplo de mi hijo.

Yo le pinto dos  ojos

cercanos y una narizota

que al inflarlo

se van  separando

más y más

huyendo  por la gran curva

como un rebaño de soles

y planetas.

 

Lo lanzamos al aire.

¡Cuidado que vamos ahí dentro!

Ni el mejor portero llega

como nosotros:

con la coronilla

con las yemas de los dedos

con el trasero

con la punta del dedo gordo

del pie izquierdo.

 

Siempre rompemos  

algo en el juego

pero qué casualidad

de lo que los dos negamos:

Hoy,

ese jarrón de flores eternas

triste funámbulo

sobre el anaquel  vencido.

 

Y el universo,

en un despiste,

bota y rebota en el suelo.

!Papá has perdido!

 

Frente a mí

suspendo el universo

por su rabillo.

Mi verdugo se desternilla

acercándome el brillo

del alfiler a mi rostro.

 

Yo aprieto los ojos,

los dientes, el cabello...

mientras otro cosmos

se eleva entre los labios

de mi hijo.

                   Rubén Lapuente

CRONOLOGÍA DEL DOLOR

CRONOLOGÍA DEL DOLOR

octubre

esa fogata que nace de repente

ese timbre atascado dentro de la lengua

 

octubre noviembre

esa diminuta isla de dolor

esa quemazón equivocada de la muerte

esa herida centelleante entre las fauces

 

octubre noviembre diciembre

ese incesante biplano

surcando el cielo de la boca

de la frente  del sueño

de lo cotidiano

 

octubre  noviembre  diciembre   enero

rápido  el escalpelo  el escalpelo

que taje un adarme del faro

de luz emponzoñado

que no beba de la raíz todavía

rebana   rebaña   apura

la niña ciénaga del dolor!

 

¿oyes?  ¿oyes el páramo?

 

                          

                                      Rubén Lapuente

UNA ROSA, UN POEMA...

UNA ROSA, UN POEMA...

                                              La casa está encendida (Luis Rosales)

No me ha visto nadie.

Soy un ladrón de una rosa

de las que nacen de la sombra

de una tierra enamorada.

Que su olor te detiene

y te obliga a cerrar los ojos.

 

Una rosa, un poema…

Para su cansancio

de tantas idas y venidas.

Para la angustia  de contemplar

una  lenta y larga agonía

de su misma sangre

que le ha prendido

en la mirada, la tristeza.

 

Una rosa, un poema…

Que le he dejado sobre la mesa

como un temblor de luz

en su oscuridad:

    

    "Esta rosa ha nacido   

     de un abismo.

     Ha rasgado una sombra

     enamorada.

    Toda su hermosura

    viene, como la tuya,

    de muy adentro.

    Rodéala, respírala,

    abrázala, agótala.

    Pero pronto,

    amor, pronto.

    Que el tiempo no respeta

    la  belleza.

    Que no te  descubra

    en un recodo

    vacía, desolada.

 

   ¿Oyes?, amor, pronto.”

 

No me ha mandado

ningún mensaje.

Al llegar a mi casa,

era de noche,

miré hacia arriba

y vi iluminadas las ventanas.

 

¡Sí, todas las ventanas!

 

¡La casa está encendida!

 

                           Rubén Lapuente

                         (El Rasillo de Cameros)     

LA OTRA

LA OTRA

Uno no sabe bien porqué se enamora.

La piel es joven.

La mirada rebosa de luz.

Andan por ahí los hados…

Y el cuerpo

enseña su pureza:

se estremece.

 

Le basta un resplandor.

Un chispazo y  prende

nuestro cuarto oscuro.

 

Así  fue.

Pero en aquel  rostro enamorado

surgía  por momentos

otra cara

que se borraba

que reaparecía en un gesto:

 

En aquella sonrisa era otra.

En ese arrebato era ella.

En la tristeza eran las dos

en una  misma cualquiera.

 

Cada vez  me perturbaba más.

 

Uno no sabe bien de qué se enamora.

Pero aquel  rostro

en tantos instantes revelado

¡cómo me fascinaba!

 

Fue en el fondo de una caja,

reparto de vivencias

que acostumbra la muerte

donde encontré la revelación.

 

Ahora las distingo más claramente.

 

¡Me he aprendido tan bien

los rasgos de ese velado rostro!

 

Sé por la dulzura cual me besa.

Por el deseo

cual turba mi piel bajo la ropa.

Por el amor

cual me llamará antes

al verme hundido.

 

No se lo diré nunca.

 

La que me muestra,

la otra.

La que yo vislumbro.

La que me hechiza.

Es la de la imagen hallada

y  que oculto.

 

La niña que no se ha ido.

 

Que aún vive en ella.

                              Rubén Lapuente

AMOR EN LA BARCA

AMOR EN LA BARCA

La he llevado al embalse,

a esa enorme alberca en el valle.

Desde la bancada me mira

mientras  voy remando

hacia el centro del silencio.

 

Se desnuda.

Se zambulle en el agua.

Adrede  demora  su aliento

oculto  en cada burbuja.

Y emerge abrazada a la proa

como un mascarón vuelto

al embate de mi deseo.

 

En la barca su espalda mojada

se cierra sobre mi pecho.

Y  los remos de mis  brazos

bogan por su piel erizada.

 

Dentro de mí

hay un valle anegado de miedos,

de amores, de dudas,

y  ella lo cruza, lo vadea,

lo decanta con su hermoso

cuerpo de pez dorado.

 

La he llevado al embalse,

a ese aljibe de mi corazón

que ella  sólo abraza.

                                Rubén Lapuente      

AQUEL CUERPO MÍO

AQUEL CUERPO MÍO

 

Voy a recobrar aquel cuerpo.

Y ahí me voy a quedar.

 

Se movía como cuando

dejan de mirar el tuyo:

Sereno, sin sentirlo.

 

No envidiaba al viento.

No se envenenaba de azar.

 

Se ponía de pie

de una sola pirueta

desde lo más alto

de la litera del sueño.

 

No tenía rumor.

Desnudo,

bajo su diario diluvio,

salía puro,

igual que como empezó

a la luz del mundo.

 

Voy a recobrar aquel cuerpo.

 

Y por detrás de esa mirada

de flecha herida de luz verde

que azora y arrebata,

ya he dejado tendidos mis ojos.

 

Y bajo ese cielo de la boca,

la mía aguarda

por el señuelo de sus labios,

el sabor eterno de aquellos besos.

 

No voy a hacer caso del espejo.

Ese cuerpo lo he recobrado

porque lo he vivido.

Lo siento mío.

 

¿Qué más da que pueda ser

sólo un ensueño,

si tú, amor, y yo nos lo creemos?

 

                                  Rubén Lapuente

¡AMPARO!

¡AMPARO!

¡Llámala!

¡Desde la calle!

¡Grita su nombre!

Ella está dentro de un vergel.

Siempre te oye.

 

¡Espera!

Que la voz aquí se demora

al paso de un olor.

Se equivoca de oído.

Se hechiza.

 

¡Llámala otra vez!

Estará tirando muy suave

de una raíz.

Cribando la tierra

para ese tallo perezoso.

Dejando un punto de luz

de agua en cada hebra.

 

Ayer me trajo una mano de belleza:

Una altea, unos lilos, salvia…

 

Ella doma lo verde.

Sabe lo que arraiga.

 

¡No! ¡Deja!

¡No la llames más!

Se habrá quedado dormida.

 

Un día la llamó el dolor…

 

Pero ahora, se está haciendo

rubia de luz y pura de agua:

Transparente.

 

La vida es ver crecer lo que  amamos.

 

¡Déjala que siga trepando

por la enredadera de su ensueño!

 

                 Ruben Lapuente

            (El Rasillo de Cameros)