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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

LA LAGUNA NEGRA

LA LAGUNA NEGRA

    agua pura y silenciosa que copia cosas eternas (A.Machado)

¿Lo hiciste?

 

Caminaste

por las faldas del Urbión

entre altos y enhiestos

pinos?

 

¿Te subiste

al mástil

del barco que fueron

para divisar

el paraíso?

 

¿Te volviste

solitario y loco

el capitán

de ese verde océano?

 

¿Te paraste

a oír bajo los pies

la oculta y niña voz

del Duero?

 

Y al trepar

por los farallones

a lo más alto

del murallón desnudo...

¿Cosiste allí

con hilos de luz

la bella laguna

negra a los ojos?

 

¿Lo hiciste?

 

Y en la travesía

del agua que copia

cosas eternas

¿Soltaste por un momento

los brazos?

¿Te dejaste ir,

sumergido,

a merced del roce

de leyendas y secretos?

 

¿Lo hiciste?

 

    ©Rubén Lapuente

                                                                                                       

  http://soria-goig.com/Rutas/pag_0420.htm      Ruta literaria con A.Machado

BURBUJAS

BURBUJAS

Tu soplo enjabonado

crea un universo

de lunas.

 

Tú te ves curvada

en el reflejo

de cada una.

Dueña

de cada planeta

de agua.

 

Si de pie

abres los brazos

caen pompas

de cristal

de tus ramas.

Y revienta

de la pulpa

tu zumo

de aire de niña.

 

Si corres,

la estela de burbujas

te muda en pez

con las aletas

de tus trenzas.

 

Yo

fanfarroneo con ella:

que si soy el mejor

cazador al vuelo

de burbujas.

Y le lanzo

una serpentina

de lunas de jabón

sobre la cabeza.

 

El momento mágico

de esa edad

no me toca.

Ella se queda rígida.

Sin duelo.

 

No es ésa su lluvia

de burbujas.

 

                                            ©Rubén Lapuente

HERIDA DE AMOR

HERIDA DE AMOR

Espera.

No me cierres

del todo el corazón

que no ha salido aquel  beso.

Ni aquella mirada de lumbre

que se me hizo dentro

luciérnaga.

Todavía hay un último

te quiero guardado

que se agarra a un sueño.

 

Espera.

Que con otra puntada

se hará más de noche.

Y el miedo siempre

se ceba con lo frágil,

con lo niño.

Espera …

¡Mira!

Si ese roce de la ropa

que fue una tormenta

en mi cuerpo…

¡Lanza relámpagos!

Si esa mano lenta

de marea

que trepidaba en su piel…

¡Empuña un arma!

Y aquella boca abierta

entregada de túnel

sombrío de placer…

¡Si enseña los dientes!

 

¡Espera!

¡Están asomándose!

¡Qué miradas de soldados

cercados por el miedo!

 

Zurce despacio.

Ciega con ellos dentro

la costura.

Que fuera del corazón

no son nada.

 

¡Que me duela siempre

esta herida de amor 

que no se cierra!

 

                             ©Rubén Lapuente

UN DIOS DESCONOCIDO

UN DIOS DESCONOCIDO

Que sea un dios desconocido.

Que haya nacido

de un vientre cualquiera.

Un dios que no multiplique.

Que no adivine la mano

que le ha rozado la túnica.

Que los únicos ojos que abra

sean los del alma.

Que sea timonel de corazones.

Y nade contigo hasta la orilla.

 

Un dios que no le escriban  

la historia a su espalda.

Que sea una parábola en la  vida

y en la muerte

te sostenga en la encrucijada

de sus dos maderas.

Que no sepa ir al paraíso.

Que tenga siempre  

una rosa roja sobre una losa.

Que se te aparezca

en los versos de un poema.

Un dios desconocido para verle

un día eterno en un segundo.

 

Que sea en la pobreza

más digno que cualquiera

en la cimera del mundo.

 

Que puedas oírle

al otro lado de la pared

y que a este otro lado tuyo 

pueda él oírte como

a su dios desconocido.                     

                                     ©Rubén Lapuente

                                 

MARIPOSA

MARIPOSA

La luz de mis ojos

es la de mi corazón

mariposa

huyes del amor

que es tu muerte

que te mira la muerte

el amor

mariposa

no vivas con el espanto

de adentrarte

en el mar

de perderte en el desierto

del sueño

revolotea

pósate en el rayo 

de luz de esta mirada

en la flor del remolino

de mi aliento

"no puedo esperar tanto

es ese veneno

del deseo que libo y libo..."

mariposa

que te mira

la muerte el amor

que huyes del amor

que es tu muerte

 

                                              ©Rubén Lapuente

ANOREXIA

ANOREXIA

Mi cuerpo

como debería ser el mundo.

Como la huella en el agua.

Que no tenga nada dentro.

Que sólo suene de alarma

el gemido de mis vísceras.

Siempre voy gélida.

Y mastico nerviosa

cubitos de hielo

para atemperar al corazón.

Lúcida en este frío insomnio.

Ya soy la esbelta silueta

que dibujaba en un papel

el que vestía a las princesas.

Y la comida

esa intrusa que peso en la balanza

me entumece los sentidos.

Pero no es bastante exigua

mi sombra en la pared.

Y el espejo todavía

refleja mi carnosidad

como si la báscula mintiera.

¡Vamos!

Menos calorías.

Más levedad.

Más mentiras.

Más trampas.

¡Vamos!

Más jugos en el remolino del agua…

 

¡Dios mío!

Mi cuerpo como debería ser el mundo.

Tan curvado ya en el tallo.

Con tanta arena en la sed.

Con ese voladizo

que me oculta de la luz.

Con esa hondura

que me da vértigo.

Y mi boca,

mi boca,

cómo regurgita

los latidos que me sobran.

Cómo deviene mi garganta

en ese ojo irritado

como el de una aguja

por el que sólo pasa el asco.

Y este vello fino y largo

que me mece el miedo.

 

¡Dios mío!

Mi cansancio,

mi enorme cansancio…

 

¡¿Es que no hay nadie ahí?!

 

                                  Rubén Lapuente

GIGANTE

GIGANTE

A horcajadas,

sobre mis hombros,

soy la mejor montura

para mi hijo.

Desde más allá de arriba,

sin miedo, sin vértigo,

lo mira todo

con ojos de un gigante.

 

No se bajaría nunca.

 

Le veo en los cristales

mirarse con suficiencia,

como que le vengan ahora

a  toserle  los malos.

Como no tiene riendas,

me agarra de los mofletes,

me tapa un ojo, el otro,

los dos, la boca,

y le mordisqueo la mano

para que no me ahogue.

 

Me clava las espuelas

si me paro en los escaparates.

Él está a lo suyo:

a los coches, al bullicio,

a las luces.

En la cabalgata,

le dio la mano,

como un señor,

al Rey Baltasar,

sobre otro corcel igual

de alto que el suyo.

 

Y se lleva a casa

el calidoscopio

de toda la tarde.

 

               Se echa sobre la alfombra…

 

Y  bajo los párpados cerrados

se le iluminan los ojos.

 

                  Rubén Lapuente

MEMORIAS DE ÁFRICA

MEMORIAS DE ÁFRICA

      (del diario de un soldado de la edad dorada)

Sedado pero lúcido

puedo imaginarme estar

bajo su piel macilenta

oyéndole el trote lejano

que se acerca sin ritmo.

Me lo balbucea  

a la cabecera de la cama

adonde acudo al oír

el grito de soledad

que me lanza su campanilla:

 

No he sido nunca una persona llana.

No he sabido fingir.                 

He menospreciado a quien

no compartía mis emociones:

El álgebra, la música.

Nunca he hablado por hablar.

Y ahora que llega

ese afilado runrún sin melodía

voy a ser  el mismo

que ha vivido siempre solo

pero fiel  conmigo.

No me arrepiento de nada.

 

Santiago…

¿Y si le ponemos música

a ese zumbido?

¿Y si viniera mi pequeño Mozart

con su clarinete y tu adagio

el de memorias de África?

 

Medio vestido para el concierto

puedo imaginarme estar

bajo ese traje con babuchas

sedado pero lúcido

mientras la caña busca

su frescura y el aire

su vericueto en el ébano.

 

Y Mozart suena

como ojos de cielo sobre

la sabana de su memoria

como presagio

volando sobre el estampido

de un  enjambre voraz que

de pronto…

(lo noto en su rostro)

enmudece e interrumpe

por un momento su viaje.

 

                       Rubén Lapuente

          Memorias de Africa-Mozart

          a la memoria de Santiago