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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

SOL

SOL

¿Para qué soñarte

si eres sólo

una hoguera más

de cualquier noche?

 

Tú,

despiertas un desierto,

atronas un bosque,

azuleas un glacial,

desnudas una espalda.

Pero sólo eres algo

cuando yo te pienso.

 

Y sé que somos lo mismo,

que vengo de ti,

añico tuyo,

como todo lo que veo:

mi dios, sin saberlo.

 

Y en tu honda me alojas,

me giras,

como tú te cobijas

en otra mayor

que a su vez voltea

el Universo.

 

¡Si te pudiera mirar

sin cedazo,

humilde, mojado,

como emerges

del horizonte del mar!

 

Tu declive tan lento

es peor que el mío:

tú no puedes matarte,

mi dios, sin saberlo.

     

        Rubén Lapuente

AMALGAMA

AMALGAMA

¿Amalgama?

 

Si te veo de espaldas,  

te pienso, te recreo

en un instante

todos los instantes.

Repaso en tu silueta

de lejanías,

lo que has sido,

hasta éste “ahora de hoy”

grano a grano

de amalgama conmigo.

 

De frente,

te esconde la luz:

Amuralla mi recuerdo.

Me cierra tu interior.

Tu esbozo, de frente,

es un gesto sin tiempo

para guardarlo.

 

“¡Nena!, aún te faltan de regar

los tiestos del balcón”

 

¡Amalgama, conmigo!

¡Y de espaldas a mi frente!

 

            Rubén Lapuente

               (Peñíscola)

DEHESA

DEHESA

Había sentido el aliento caliente

de su coche en la calle.

Me recibió colgando

sus brazos de mi cuello.

Radiante la sonrisa.

Rodeándome, abarcándome

con sus ojos.

 

Demasiada vehemencia, pensé,

para no sospechar de algo.

Se quedó enseguida

dormida en el sofá.

Su mano

pendía sobre el móvil,

caído en la alfombra.

 

Ahí estaban en la pantalla:

Las imágenes,

la hora, el minuto,

de esa mañana de huida.

Todo encajaba:

Un largo viaje de ida y vuelta,

para cinco minutos de esplendor.

 

Ni una foto de su calle de juegos.

 

Ni de su casa cerrada por la muerte.

 

Se detuvo sólo cinco minutos

para llenarse de dehesa:

 

Su bosque claro, sin espesura,

reino de su mirada lenta,

lejana, perdida entre charcas,

encinas ordenadas por la belleza

y animales que pacen tranquilos

como si la vida fuera eterna.

 

Todas las imágenes eran de su dehesa!

 

Y ahí, en el sofá,

dormida, fuerte, feliz,

sabe que no necesita de los sueños

si oye

              la llamada 

                                    de su tierra.

                      

                                             Rubén Lapuente

CORRER, CORRER…

CORRER,  CORRER…

Correr, correr…

Cansar el cuerpo.

Domarlo.

Perro que se entregue a mi voz,

a mi pensamiento.

Ir pisando

la cicatriz del bosque

entre los robles, las hayas, los pinos.

Sin tregua.

Correr, correr…

Ser la estremecida hojarasca.

El latido del ciervo.

El músculo tallado del frío.

El chasquido inesperado de la rama.

Ser el árbol del cuerpo.

 

Correr, correr…

Sentirme criatura del jadeo.  

Médula de mi pequeño universo.

Catenaria confinando lo ocioso:

Punto en el centro de la diana

que agujereo.

 

Y todo para tenderme.

Tan afilado ya para el sueño.

Cansado, muy cansado…

 

Aún sin fuerzas para llamarte.

                              

                                         Rubén Lapuente

                                         (El Rasillo de Cameros)

PATIO DE LUCES

PATIO DE LUCES

                    

                                                a Yara

"Solo me queda su aroma

que aún vive                    

en esta ropa ajada.

Y la llevo puesta.

Y si la ve arriba,

tendida, lavada,

lo hago sólo

para que se vaya

mi olor de ella”

 

Debería haber caído iluminada

del cielo de la melancolía

a éste mismo patio de luces

como maná de ropa tendida:

Volatinera y huérfana

camisa en mis manos.

Con las entrañas floreciendo

por la curva del cuello,

respirando por los bordes

de los puños:

Tela ya ni manjar de polilla.

La creía sin dueño,

sin huesos,

como solitarios

e inservibles calcetines

(podrían suicidarse a pares)

que nadie me reclama.

 

Pero me llegó su voz

desde lo alto:

 

-¡Es mía! ¡Ahora bajo!

 

Le di su refregado

y casi secreto remiendo.

 

Desde entonces,

al cruzarme con ella

¡Chis…!- me dice-

Llevándose el dedo

índice a los labios.

                          Rubén Lapuente

                         de Sábanas de luz

NIÑA SOLDADO (República Democrática del Congo)

NIÑA SOLDADO (República Democrática del Congo)

Me llamo Jasmine y soy de Kivu.

Y sólo quiero un trozo de tela

para acarrear a mi bebé.

Me sacaron de la cama con doce años

los mayi-mayi. Me reclutaron.

¿Para quién lucháis? ¿Para qué causa?

Sólo tenía dos dunas en el pecho.

Y en la vagina, si se cerraba,

palos y trozos de botella.

Era un golpe de autoridad

hacernos andar como patos por la aldea.

Así, seríamos más dóciles y sumisas

en la próxima redada.

 

 

Soldadito niña tienes un marido.

Y te vuelves como un árbol con piernas.

Y sueñas con la piedra hundida

en el sueño de su cabeza.

¿Cuándo iré a los Grandes Lagos

para sentirme pequeña en el paraíso?

 

 

Todas las mañanas, cruzaba el río,

en el andarivel del aire,

iba conmigo el agua

para cocinar y cocer la tapioca.

Y me dieron un machete.

Y un gatillo ardiendo.

Y la regla no me venía.

Soldadito niña tienes un marido.

Parí en el monte, a destiempo,

sola, como una gacela.

Y conseguí llegar a mi aldea, a mi casa:

-Tienes un hijo del enemigo.

(¿Qué enemigo?)

Tu niño es un estigma.

Has perdido la virtud.

Aquí no te puedes quedar

vendrían a buscarte.

 

 

Ahora estoy en el centro de orientación.

Me llamo Jasmine y tengo dieciséis años.

Aprenderé a leer, a escribir

para poder trabajar y salir adelante.

“Ahora lo único que quiero

es un trozo de tela para poder cargar a mi bebé,

como hacen las otras mujeres.”             

                                Rubén Lapuente

                                 (Luvungi  octubre  2006)