PIERCING

a Sonya Sedano un ángel con piercing
“Tengo miedo ¿y qué?
¡Como si me inmolara
todos los días!
Y ni soy violenta,
ni amiga de Lucifer,
ni mis sones son metálicos.
Es tan trivial el cuerpo,
sin una leyenda,
sin un aderezo en su entraña,
sin prolongárselo.
Un simple zarcillo
y el miedo se amansa.
Y será el destello
en el cielo de mi boca.
El náufrago sol plateado
en las olas de mi lengua.
Y de esa cuenta de acero
haré mi juguete,
la pradera de mis nervios,
el talismán que alzará
del todo mi cabeza.
Y se la enseñaré a él,
a hurtadillas,
entre los dientes,
como si descubriera
con asombro
la perla del deseo
amarrada conmigo
a su desnudo hechizo.
He sacado la lengua alguna vez
y sólo para burlarme,
menos ahora,
que la aguja, en dos segundos…
¡ay!
Asoma ya
del otro lado”
©Rubén Lapuente
SOLDADOS DE LA EDAD DORADA

amarlo todo para comprenderlo todo (Guyau)
Hay una guerra
que la tiene siempre conquistada el tiempo.
Aún así, mi mujer se ha alistado
como soldado de la edad dorada.
Y tan sólo quiere creer ganar una batalla perdida.
De madrugada,
está la primera levantando heridos,
y a los muy malheridos,
a esos que miran, a lo lejos, lo recóndito,
sólo les roza, al pasar, la mejilla.
Mi mujer es una buena soldado de la muerte.
Sabe que quien se apaga lentamente,
sólo desea que alguien le tome de la mano,
y se ofrece a darle un último pequeño abrazo
si quien le vela son las cuatro frías paredes.
Algún domingo que trabaja
me acerco a pasear por sus galerías.
“¡Qué guapo es el marido de Carmen!”
me dice siempre una anciana.
“Y eso que no se ha operado de cataratas”, le digo.
Y nos reímos juntos.
Desde hace un tiempo
de iluminados ventanales
alguien escribe el porvenir con tinta
de un sudor oculto,
alguien, bien sabe, que aquí no estiban un puerto,
que no son fardos de ninguna grupa,
que unos corazones cogidos con hilvanes
sólo piden ya una brizna de cariño,
y sigue haciendo números.
Cuando regrese a la noche
sobre la cama cruzada por el arco
de una espalda que estampa su diaria fatiga
me hablará de hartazgo, de galeras, de sindicatos,
de deserciones…
Y le pondré la mano en la boca…
Pero de madrugada
estará la primera levantado heridos
y a los muy malheridos,
a esos que miran, a lo lejos, lo recóndito,
sólo les rozará, un momento, al pasar, la mejilla.
©Rubén Lapuente
LATIDOS

En el sobresalto
mi manecita
sobre mi pecho de papel
reconocía cada latido
del corazón:
si encaraba el peligro
tañía sus sones de héroe
si arredraba el miedo
repicaba con la aldaba
de mi puerta
si era yo quien le perseguía
me redoblaba su enojo
una tarde
me tiró de la manga
para que me diera tiempo
a prender
el cabo del amor
y me lamía el curare
emponzoñado
de cada venablo
que me atravesaba
luego
en la trinchera de la vida
le sugirieron
que no sonara nada
tan apasionado...
cansado hoy
al dejar la fila de la calle
camino de casa
comencé a oír otra vez
su pálpito
creía que me invitaba
a avivar el paso
a seguir
marcial
calle arriba
como antaño
con mi mano en el pecho
sujetando sus golpes
me tuve
que parar
©Rubén Lapuente
El corazón no es del todo mío
PROFUNDA PIEL

Me gusta acercarme
abrazarte por detrás
que pierda tu cuello
la pureza
ofrecido a mi boca
que arrastra el sutil
tirante de tu vestido
rendida la cremallera
a la luz de tu espalda
y le ayudo a caer
de las caderas
al vértigo del rubor
en tus pies
me gusta volverte luego
por los hombros
manejada
colgada de mi cuello
entre mis brazos
como el último
tesoro de la tierra
y tenderte después
sobre lo que no se siente
bajo mi cuerpo
tenue entregada
casi soñando
para llegar minucioso
a lo más profundo
a tu piel
creyendo
que todo es perpetuo
©Rubén Lapuente
lo más profundo del hombre es la piel (P.Valéry)
LOS CABELLOS DE MARÍA

a María Bernal
¿De quién es esta fotografía?
Me la han tenido que sacar otros
o enviármela por error.
¿De quién son esos cabellos?
Una melena para adivinar un rostro.
Para empezar a volverse.
¿Y si me la ha enviado ella adrede?
Querrá jugar al requiebro conmigo.
Quizá sepa que en mi sueño
hay una mujer de espaldas
desenredándose el pelo.
Querrá que me embeba
de cada hebra.
Que me haga menudo
para trepar por cada mecha.
Que le tire de cada bucle en llamas
para medirme el deseo.
Yo le llevaría la mano de la brisa,
su taller de orfebre
tejiéndole fugaces arabescos.
Y todo antes de volverse.
¿Pero de quién son esos cabellos?
“Son de María, la que duerme en la dehesa”
¿María? ¡María!
¡La que ha tomado el amarillo ardiente de la era!
¡La que campea por los pastizales del amor!
¡La que se baña desnuda bajo el sonrojo de las charcas!
¡La que en sombra de encina agita su melena de oro!
¡Son los de María!
¡Y antes de volverse!
©Rubén Lapuente
(Vitigudino)
QUE NO SOY YO

Estoy cansado
como después de un largo viaje,
como si se me hubiera hecho muralla
la tapia que de un brinco
saltaba de muchacho.
Necesitaría un gigante
zarandeándome los hombros
para remover este lago interior mío.
La vida es un estado de ánimo.
Y me siento como la otra media piedra
enterrada de estas calles.
Hoy me ha llamado el maestro del pueblo:
Que si puedo llevarles el telescopio.
He preparado una habitación de la escuela
como si fuera la boca de un lobo.
Apuntando al sol de mediodía
por el balcón entreabierto.
Ciegas con cinta todas las rendijas.
Y en ángulo he puesto una cartulina
como de pantalla de cine.
Hablándoles en la oscuridad sólo les he dicho
que el sol es como el quiosco de la música
de la plazuela de abajo,
todos bailamos a su alrededor, a su son,
sin darnos cuenta de que somos
añico suyo.
Yo creía que iba a ver caminar
un sol de bolsillo, turbio, arrugado,
receloso, como el mirado
en el fondo de una sucia charca.
Pero, de repente, apareció la curva
de un sol amarillo de fuego, vivísimo,
avanzando por el espacio negro
como un juego de magia verdadero.
¿Podemos tocarlo?
Estuvimos casi en silencio
hasta que el sol se arrojó
por los acantilados de la hoja.
Aplaudimos todos.
De vuelta, pisando las calles de piedra,
comencé, sin querer, a tararear una canción
que tenía olvidada, de Humet,
de cuando salvaba de un salto
el trecho del río…
…que no soy yo…
que aún no soy yo…
©Rubén Lapuente
ODA A LOS PINOS

Si la luz tomara otra altura,
estos avizores de vanos,
de claridades,
escalarían reflejos,
su nuevo espigado cielo.
Bajo estos hijos
de aquellos mástiles velados
que surcaron los mares:
camino, grito, me escondo,
me hallo a mí mismo.
Y tomo sus troncos
como brazos en jarras,
y voy de uno a otro,
girando, bailando
en el tronar de la verbena
de esta verde plaza
que huele ya a tristeza.
Antes de que el hacha se lleve
los pinos marcados,
como un enajenado capitán
formo a la compañía
y voy repartiendo consuelos:
Tú, serás mi libreta rayada,
la del esbozo de mis poemas
que escribiré sobre tu entraña abierta.
Tú, la espalda blanca encuadernada
con la caligrafía en tinta de versos
de Neruda, de Juan Ramón, de Benedetti:
el breviario eterno de mis poetas.
Tú, serás los largueros de mi tálamo
en el corral erizado de placer.
Tú, qué suerte, sin marca,
morirás enhiesto, altivo,
sin que lo sepa nadie.
Tú, serás el banco
junto a la puerta de mi casa.
…
Y pasada la revista,
como un soldado más,
me pongo al lado
del que más conozco.
De pie. Y erguido.
Y cierro un momento los ojos.
©Rubén Lapuente
(El Rasillo de Cameros)
LA MANÍA DE CONTAR

Esa manía de contar…
los ojillos de alba de la persiana
que no llegara mi madre antes;
la de sus primeras canas
con aquel presumido
revuelo de su melena
que me hacía comenzar de nuevo;
los pétalos de las margaritas
y que me fueran todos impares
me iba en ello su cariño.
¡Y quería que me contara
el equilibrio de un cayado
subido al índice de mi dedo!
¿Y esa manía de contar estrellas
en las noches de verano,
de agotarme en los números
creyendo haber llegado al infinito?
¿Y mis zancadas,
medida de aquel puente
que escalonaban mi altura
de muchacho?
¿Y las horas que faltaban
para irme a desaparecer
en el agua del río?
¿Y la angustia de fijar el año
en el que me vería con el mismo
perfil de mi padre derrotado?
Hace ya mucho tiempo
que perdí la manía de contar.
Sólo alguna noche, en la cama
y piel adentro,
me vuelve: aquel trasluz,
la hebra de nieve,
los “me quiere” en el viento,
su fatiga en mi alarde,
mi mirada de estelas,
el soldadito en el puente,
el recodo del agua,
la cabeza contra la pared de mi padre.
Y piel adentro,
quieto todo, lo sobrevuelo …
una, dos, tres,…
hasta que me quedo dormido.
©Rubén Lapuente
TATUAJE

"¿Donde habría de ser?
Donde rezume humedad.
A la verita del musgo.
¿No vive por ahí ese anfibio?
Será la estampa de mi genio.
El antojo de mi calma.
La encrucijada inevitable
ante mi cuerpo desnudo.
Y la veré en el espejo,
de relámpago.
Caminaré sintiéndola
asomarse al pellizco
de la cremallera
de mi pantalón.
Al equilibrio imposible
del horizonte de mi falda.
¿Y su medieval leyenda
de atemperar el fuego?
Póngamela ahí.
A la verita del musgo.
Sinuosa silueta para el cortejo.
Branquia respirando deseos de saliva.
Reojo testigo de empellones en mi carne.
Y verla luego deformada en la preñez,
tomando mis estrías.
Quizá la mire ya cansada de creerme
que es algo más que un tatuaje,
que un torpe dibujo de salamandra,
y se me vaya borrando
de la piel de la vida,
escondiéndola de mí misma,
como una cicatriz más
de otro sueño roto."
©Rubén Lapuente
a Teresa que ya recela de su salamandra
HORMIGAS

Se topan con mi mano.
Las extravío.
(Como si la vida no les fuera dura.
Gigante que me tirara
de los cabellos)
Salen ligeras.
Entran con pinzados fardos.
Génesis gemela
nuestra:
Cubil sin alba y
batida de migajas.
Retiro mi mano
y la fila se restablece.
Una, ¿traviesa?
deserta de la hilera.
Se para.
Todavía no me mira,
como yo
estrellas.
©Rubén Lapuente
(El Rasillo de Cameros)
PALABRAS DE AMOR

Le digo que me bese de puntillas
que gateen sus pies hasta mi boca
que si me alcanza,
le voy a dejar abrir
la caja de mis sueños,
le voy a pedir que se venga
a respirar conmigo,
con este medio paréntesis
abierto de vida y muerte
que necesita de un otro medio delante,
luminoso y creciendo.
Que no sólo nos hallaremos
sobre la ardiente piel dorada
del deseo.
Que nos encontraremos también
en los olvidos de la cocina;
en el sabor del errado e igual
cepillo de dientes;
enmarañados de crines
en el vértigo del lavabo;
en el agua gastada de la bañera;
en el duro perfil sorprendido
por un presagio de angustia;
en las huellas raídas de las sábanas;
en el olor quieto de las dos
mitades del armario;
en la noche que cambiemos
de lado en la cama
esperando inquietos soñar
secretos del otro;
en la ira de algún día
que su mano parará en mi boca.
Se lo iba diciendo todo,
mientras subía a mis labios,
y, poquito a poco, ella,
se fue atando a mi cuello…
©Rubén Lapuente
Vuelo en Ala Delta

de niño soñaba que tenía unas alas para volar de casa (rubén lapuente)
Erizada la piel, lo espero.
Con mi arnés de pájaro,
mi disfraz de libélula.
Desde aquel niño
que agitaba las manitas
y se arrojaba al vacío en sueños.
Viento que me arranca
del tobogán de la ladera
y a su espalda me abandono,
y me lleva,
me eleva, me eleva...
sobre la estela romana que corona el azor,
por encima de las copas de los pinos,
de las torres de asalto a la inocente paloma,
del rebaño de corzos que barruntan
la venida de un nuevo enemigo.
Y al virar las alas, en un escorzo,
veo al bosque elevarse
mucho más allá de mi cabeza.
Y me ciño a su cintura verde.
Y me aferro a las riendas
de aquel dulce miedo de infancia.
Se estira el viento
en los hilos de mi marioneta
y aunque pierdo altura
todavía me lleva, me deja, me lleva…
por encima de los tejados ofrecidos
a un diluvio de agujas y piñas,
sobre la nueva vía verde al embalse,
siguiendo la sombra de mi sueño
de azor en el agua.
Y desciendo,
tenso, vaciado.
Con la sensación de que de detrás mío
viajan aún todas las imágenes,
que me alcanzan, me rebasan,
y que es ahora, cuando,
de pie, sin salir de la crisálida,
el viento me arranca
del tobogán de la ladera
y me lleva,
me eleva, me eleva...
©Rubén Lapuente
(El Rasillo de Cameros)
SOLDADITOS

mi triste soldadito niño
¿De dónde nace la tristeza, hijo?
Hasta la muerte mira de otra manera.
Fue antes del cuento que teje
su red de sueño inquieto.
Antes de subir al traqueteo
de la camilla del pavor.
Pero si te recuerdo así, hijo,
remueves el fondo de mi vida.
Y estas palabras no son para ti,
tú, que saliste a flote
de aquel pabellón
de malheridos soldaditos :
“Suero de luciérnaga,
avenida de luz en las venas”
te decía , llevando
de liana en liana
aquel leal muñeco
con el que sellamos
una alianza de sangre.
Estas palabras no son para ti,
ni para mí tampoco, hijo,
que me daba vergüenza
que me vieran tan débil.
Son para esas mujeres
de ojos como lobas heridas
que por aquellas habitaciones
entre palanganas de orina
enferma de niño,
y tibias esponjas teñidas
veían caer a sus soldaditos,
que eran como tú.
De la angustia de tocar el desorden
de un cuarto azul,
de atreverse a borrar en la pizarra
un último monigote,
nace la tristeza, hijo.
La vida es una alimaña ciega.
¡Y nunca podremos vengarnos!
©Rubén Lapuente
Mariamor

Hoy no se detiene mi corazón en la piel,
va muy por delante mío
con esta blanca y rubia luz trasparente,
con esta naturaleza
que necesita bien poco que la mire
para ser una parte mía.
¡Qué poco he tardado en habitarla!
Hoy no se detiene mi corazón en la piel.
Y con ella voy a mi arboleda,
a echarme con la cabeza sobre su vientre.
Y por primera vez siento el vértigo
del entramado de la vida bajo mi mejilla.
Ese maderaje que cobija
el empuje de memoria tras memoria.
Sazonada vasija de vida y muerte irrepetible.
¿Cuánto tiempo más voy a tardar en habitarla
si todavía me paro en su puerta
con los nudillos en el aire?
¿Porqué no recalar en cada herida
que trae a casa?
¿Porqué no asfixiarme con ella
si nos hemos elegido?
¿Cuánto tiempo más voy a tardar en vivirla?
¿Y si empezara por cambiar las formas?
Y ahora mismo.
Que todo diera un giro inesperado.
Empezar añadiendo
como un guiño suave mío
una hermosa palabra a su nombre:
“Mariamor, ese paisaje interior
pide una mano de belleza,” le digo
Y al mirarme,
mi cabeza ladeada sobre su vientre,
sonriéndola,
le enseño lo más oculto
que guardo.
Lo que no se arropa.
Lo que no muda nunca.
Y empiezo ya a sentir mi vacío.
©Rubén Lapuente
LA LLUVIA

Siempre vuelve la misma lluvia.
¿La reconoces?
Cada migaja que te toca
que te despierta
que te cala
punza su memoria en tu piel.
¡Sal!
¡Sal a la lluvia!
Como a una derrota,
como a una alegría.
Que el hueco del corazón
lo llene el prodigio del agua.
Que te moje la gota
que rozó aquel beso,
que limpió la herida del ciervo,
que en el terraplén
alivió la muerte del soldado.
¡A la lluvia!
¡Sal a la lluvia!
Que se embeba de ti,
que se amalgame
con tus lágrimas.
Regresará un día,
y otro, y mil,
hasta que la ventura la deje
en la comisura de unos labios
e inunde una boca
de lluvia de memoria tuya.
¡Sal!
¡Sal a la lluvia!
©Rubén Lapuente
EL MALEFICIO DE LA RAMA

La medida del río era la de mi cintura.
Aunque me veía en el agua reflejado,
sólo miraba su fondo, su vida:
La pandilla de renacuajos,
el cangrejo de curva de guijarro,
el pez bajo la arcada de mis piernas.
Ni oía mi corazón,
ni el rumor del agua.
Lanzaba las ramas,
contracorriente,
esperándolas.
Y que no se me escapara ninguna.
Me iba en ello, el azar, el futuro,
el maleficio.
La medida del río es la de mis rodillas.
Y ahora, sí, me veo en el agua reflejado:
La fauna de mi vida en el légamo,
el corazón al ritmo
de aquel mismo rumor mudo.
El niño que llevo dentro,
con la cara aplastada
al cristal de mi cuerpo,
me señala una rama,
y la lanzo río arriba,
esperándola.
Pero al moverme,
al hacer un ademán para cogerla,
me resbalo,
y se pierde, rauda, corriente abajo.
“Que no se me escapara ninguna”
Dentro de mí, todavía hoy,
se revuelve aquel niño.
©Rubén Lapuente
Sierra Cebollera. Río Iregua.La Rioja
LA BARQUILLA

El chorro de un bidón de agua
le quita el polvo de la piel,
le despega el vestido.
Un algodón embebido
separa cada pestaña,
le limpia el barrillo
de las orillas de las cejas.
Los afeites en los cabellos
y en el cuerpo lavado
le devuelven la dignidad
rosa de la inocencia.
Un vestido blanco,
una flor en el pelo,
y eso es todo.
Ahora tiene
el mismo dulce rostro
que cuando se quedaba
dormida.
Un traqueteo sombrío
bajando las escaleras
le hace a su padre
ir más despacio.
Al llegar a la calle
sobre un mar de olas
de manos,
la barquilla rompió
las amarras.
©Rubén Lapuente
ATADURAS

Si no me llamaran desde la debilidad
Si no supiera ver la belleza dentro del escombro
Si no me rozara esa mano herida el sueño
Si no tuviera que arroparla desde el silencio
Si no hubiese sollozos que rescatar del viento
Si en la larga fila de la calle no buscara algunos ojos
Si no me persiguiese la mirada de la niña en el espanto
Si no levantara la mano para alistarme en el barro
Si al verme no me leyeran en la frente sublevado
Podría morir
©Rubén Lapuente
LA VIDA ES VER VOLVER

la vida es ver volver(Azorín)
Me quedé parado frente a la puerta
con la mano en el aire sobre la manilla.
Pensaba que los sollozos
los escribían ya sobre un papel,
tan reales y habituales en la mentira
que hasta los míos
si los rescatara del recuerdo,
parecerían ante ellos
encogidos.
Volví sobre mis pasos
hasta la dueña de los secretos.
-¿Qué le pasa?
El corazón.
-¿El corazón?...
(El perfume adolescente
que dábamos
sobre los bancos de madera.
La primera mirada
despeñándoseme dentro.
El esfuerzo necio por parecer cultos
cuando sólo soñábamos con la piel.
El temblor naciéndome
de otro temblor.
La brasa de aquel incendio
que huyó de la memoria,
hoy tatuada,
y que sólo borrará la muerte.
Y en un adiós, te arrancan de cuajo…)
…El corazón.
¡Vete! ¡Vete!
Y antes de girar la manilla,
se me vuelve
y me sonríe con los ojos.
¡Qué estrella tiene!
El mejor trozo de nuestra vida, le toca.
Todos los sollozos,
todo el candor, sobre ella.
La vida es ver volver.
La vida es ahora.
©Rubén Lapuente
RITUAL DE SUS MANOS

Cuando arrecia el frio de madrugada,
yo con un pie navegando los cielos
y con el otro de vigilia,
comienza el ritual de sus manos.
Dice que el frío le entra
por la yema de los dedos,
que hay algunos huesos
que le parece que duermen
junto al rocío.
¿No será por la maldita costumbre
de no cerrar la ventana
por si nos quedamos sin oxígeno
o es que ese aire frío
es el que quiere colarse de rondón
y robarnos la tibieza
de nuestro lecho?
Bajo la brasa de mi cuerpo
desliza los primeros
cinco carámbanos.
Yo mientras tanto ato
la cola de un tardío cometa
a mi entresueño.
Y poco a poco mi fogón arriba
a cada gélido tuétano.
Es el instinto quien le lleva al bálsamo
de mi sangre caliente.
Y haría mal en taponarle
mi costado sobre la sábana:
No es bueno despertar al sonámbulo.
Cuando me desliza
los otros cinco témpanos,
ya de un salto me apeo
de los mapas del cielo.
Me doy la media vuelta,
le emparejo las palmas de las manos
y como lapas entre las mías,
se las cierro.
Y ahí frente a mí, está ella,
con esa fría y cálida somnolencia
que le deja todavía un pequeño
temblor en un párpado,
que nunca sabré si es un guiño
desde el amor del sueño…
No es bueno despertar al sonámbulo.
©Rubén Lapuente

