EL BIG BANG

A un simple globo lo hemos llamado Universo. Lo avienta el soplo limpio de mi hijo que le pinta una narizota y dos bizcos ojos de pánico, y que al inflarlo más y más, los ves cómo se van separando, huyendo contrarios por la fina curva de goma como perdidos soles errantes…
Y mientras sopla que te sopla, me descubre que, quizá, este incomprensible viaje espacial nuestro dentro de un globo azul, no sería muy distinto al de esos dos pintados ocelos con rotulador; me da por pensar, lo vislumbro, que se encontrarían a sus espaldas si la piel de este cosmos de goma se estirase inagotable al aliento perpetuo de mi niño dios. El simple hecho de inflar un globo pintado, me da más respuestas que cualquier oscuro tratado de mecánica cuántica o compleja teoría del Universo.
Y lo lanzamos al aire. ¡Cuidado que vamos ahí dentro! -le digo.
Ni el mejor arquero llega como nosotros: con la coronilla, con las yemas de los dedos, con el trasero, con la punta del dedo gordo del pie izquierdo…
Y siempre rompemos algo en el juego, pero qué casualidad, siempre de lo que yo reniego: hoy, de ese odioso cobarde suicida gato de escayola, siempre al borde del anaquel, siempre asomándose obligado al precipicio, y por fin, colateralmente dañado: hecho papilla por nuestro fuego amigo…
Pero… ¡ay!, en este infantil juego, quien la pifia, quien deja que el globo toque el suelo, lo paga muy malamente: se le explota sin miramientos frente al paredón de sus mismas narices: se le da matarile, rile, rile.
Y el Universo, en un despiste, bota y rebota en el suelo.
“Papito, tienes menos reflejos que el gato de yeso -me dice mi cancerbero enano…
Mientras frente a mí, cara a cara, suspendo el Universo por el rabillo de su ombligo, mi joven verdugo, desternillándose de la risa, se me acerca con el brillo de un alfiler entre los dedos, demorándose encima el muy vacilón en su ya enésimo parricidio…
Yo aprieto los ojos, los dientes, pliego las orejas, encojo los hombros... (¿Mi niñez no es la de mi hijo? ¿La eternidad no es una tarde con él?), mientras otro Universo, ya con eco de fondo cósmico, se eleva feliz entre sus labios.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el diario La Rioja 7/9/2019
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HUMO DE MALABARES O COMO DEJÉ DE FUMAR

Me invitó mi padre, ofreciéndome un cigarrillo, a empezar a ser un hombre. Si, el primer cigarrillo: ese gusano disfrazado de camarada que enseguida se calzó mis pantuflas y que se me subió, como un niño travieso, a caballito, pero que con el tiempo se me fue haciendo tan pegajoso como una taza de infusión diaria de super glue .
“Con otra y rubia americana” me decía mi eterna novia. Un día, a las puertas de mi boca, senté a mi rubia Penélope, sobre su maleta de otoñales hebras. Fue en aquel mes de vacaciones de verano en la sierra de Cameros. Yo venía de embelecos con sobadas cartas, en timbas de noches de estudio, y para dejarlo, hasta ahora hoy me sonrío, los tirabuzones de humo del cigarrillo, los cambié, para tener las manos ocupadas, por un sucedáneo continuo de humo de malabares con mis viejos naipes: barajaba, cortaba, hacía el acordeón, movía a la vez las cartas por distintos rumbos… Y las lanzaba, una y otra vez, sobrevolando el fogón de leña de la cocina, y con una hélice distinta en cada vuelo, hasta que aprendieron como oscuras golondrinas, a volver de rehenes, de mí mismo, a los aleros de mi regazo .
Y me hice sin querer perito en malabares.
Corta carrera la mía, que ejercí, tan sólo, en una velada de gloria entre mozalbetes. Que fue después de tapar la boca al que soplaba antes que mi hijo, las diez velas de su cumpleaños, que me acordé de la baraja.
El ojo es torpe para la premura de unos dedos, y más, frente a la inocencia, que ya es un buen trozo de alarde añadido. Arrojaba las cartas, una a una, y como un bumerán, volvían a mi regazo.
Y como deslumbre, como remache, tan sólo una, la que escogieron y volvieron a meter ( la hice una muesca con la uña) la posé, después de un largo viaje, en la mesa de la cocina, ¡ y vuelta de cara!.
Desde entonces, soy para ellos el prestidigitador, el gran mago (mejor no lean esto). Y aún hoy, ya hombrecitos, si me tropiezo con algunos de aquella tarde, siempre me dicen lo mismo: que cómo hice aquello, que cuál fue el truco…echándome, a la cara, sus primeras bocanadas de humo rubio americano.
©Rubén Lapuente Berriatúa
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LA FLOR SOLITARIA

Mira esa flor solitaria. La que nace del sufrimiento. Parece una mano insurrecta. La ves como la flor del fusil de un partisano. Como triunfal bandera entre las piedras. Valiente. Acosada. Sola. Mártir de un sueño cumplido. Y sabes que te dice que la vida no es fácil.
Oh, dilo siempre, y más a quien nazca en cuna de oro. Dilo siempre: La vida no es fácil. Y, quizá, fascinado, la cortes delicadamente y con tus ojos cerrados la viertas por todos los arroyos de tu sangre, o puede que la envidies por florecer en el miedo, por enseñarte tu cobardía, y bajo la suela del zapato le apagues la luz, para pisarte a ti mismo.
© Rubén Lapuente Berriatúa
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LA BATALLA DEL VINO

Al amanecer del día de San Pedro,
por los riscos de Bilibio,
camino Haro,
allí donde el río Ebro se revuelve bravío,
hay una batalla
que en lugar de sangre,
se derrama vino.
Para esta liza
todos se alistan de soldado:
Primero los de aquí,
los Jarreros, los riojanos;
luego vienen legiones de milicianos
de todos los pueblos
de esta nuestra piel de toro;
también los hay mercenarios
con mono de metralleta
pero con balas
de salva de vino,
y hasta viene alguno
de la Conchinchina
a calarse
en esta mágica niebla
de morapio.
Y tú mismo si te acercas
con la alegría en tu zurrón,
tienes reservado
el mejor sitio.
De guerrera basta
con una vieja camisa blanca
y pañuelo rojo de tocado al cuello.
De aljaba:
un caldero o una bota
o una botella
o una pistola de plástico.
De munición
reparten el fruto de la vid.
De música de guerra
ya hay una charanga
que ameniza el tiroteo.
Y en son de paz,
camino Haro,
a quemarropa,
o tendiéndose celadas,
pelean todos contra todos,
pero nadie contra nadie,
en un fuego cruzado,
tiñéndose las ropas,
la piel, los cabellos…
de la acuarela morada del vino.
Todo un pueblo volviéndose niño,
frente a este paisaje
de viñedos infinitos de La Rioja
que nos da tanto,
que nos ha forjado.
Empaparse de vino,
como tú de luna llena
o del olor de tu hombre
o el de tu hembra enamorada…
Y sentirlo. Y guardarlo. Y velarlo
como oro puro en paño.
El día de San Pedro,
si pasas por los riscos de Bilibio,
camino Haro,
deja que te hieran alegremente…
¡Y muda en los rubores del vino!
©Rubén Lapuente Berriatúa mi nuevo blog:
LA FLAGELACIÓN DE JESÚS

Para la cofradía de la flagelación de Jesús de Logroño que me pidió un escrito sobre su paso para su revista
El primer dolor. El que más duele. El que por nuevo más sientes. El que si sabes que desde la primera rozadura irá llevándote lentamente hacia morir, deja en tu entraña un temblor insoportable, un pavor infinito. Sí, el primer dolor de Jesús. Y con el flagelo: esas correas cuyas puntas tienen rabiosos dientes de plomo. Sí, su primer dolor con el grito que estrena la garganta. Luego una miríada de pequeños volcanes reventarán y anegarán su espalda de ese rojo terciopelo escondido: su primera inocente sangre derramada…
Y ahí, de pie entre la muchedumbre, mira el bellísimo paso, es el de la Cofradía de la Flagelación de Jesús tallado por la gubia mágica del riojano Vicente Ochoa. Sale al anochecer del Martes Santo desde la Iglesia de Santa Teresita. Lo acompaña la banda de timbales, tambores y cornetas de la cofradía, que orea las calles de Logroño de sones que son como jirones de dolor: retumbos mojados con la sangre de un inocente que deja la piel del aire, arrugada, temblorosa, como si alguien desde el cielo arrojara una piedra al estanque de la espesa noche herida de Logroño…
Míralo, está ahí para que te dejes envolver en el doloroso perfume de la memoria de su entrega. Te invita a buscarte muy adentro ese lugar donde uno no se engaña, a que levantes allí en este monótono rodar de los días tu cabaña de estrellas, que quien se asome por su puerta, siempre entornada, se extrañe de ver lo que no tengas y en los alambres de tus ojos vea la ropa de tu alma tendida con los bolsillos del revés: todo lo que atesoras, y comprenda que la felicidad consiste en no tener casi deseos, ni miedos, como Jesús que empieza su renuncia golpeado por el primer alarido del dolor…
Acompaña el paso por las calles hasta la parroquia, o si pasa por debajo de tu casa, asómate al oír los redobles de los tambores golpeando en el cristal de la ventana su escalofrío. Ese hombre flagelado morirá al caer la tarde en la encrucijada de sus dos maderos. Al verle en ese instante, detenido, azotado, envuelto en las esquirlas de los sones de la música, por qué no le susurras algo, no sé, bastaría con un requiebro tímido, nadie te verá ni te oirá desde la altura, o simplemente cierra un momento los ojos y deja que se te cuele como un sueño por una rendija de tu cielo, y, seguro que quizá le recuerdes o nazca ahí, para ti, ese hombre inocente, que está empezando a morir para que tú no mueras.
©Rubén lapuente Berriatúa
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LA PIEDAD

Orgulloso de que en la asamblea de la Cofradía de la Piedad de Logroño se leyera mi escrito:
Mira qué hermoso y doliente paso de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad. Sale este Jueves Santo a las 20:00 desde la Iglesia de Ntra. Sra. de Valvanera recorriendo los aledaños de la parroquia. Ponte un momento en el lugar de María, mejor tú, mujer, que quizá tuviste una criatura en el regazo con esa calidez de un pan en las manos nacido a la vez que la luz.
Ahí, de pie, entre la muchedumbre, imagínate que después de los años, a tu hijo te lo entregan así: escupido, flagelado, crucificado, lanceado… Y dormido ya de muerte, manándole aún tibia la sangre por sus cinco heridas, te lo llevas con ternura al cuenco a solas del regazo tiñéndote las ropas, atravesándote la piel… ¿No sentirías como si te fueras cayendo eternamente hasta el fondo de un pozo de dolor infinito?
Ahí, de pie, entre la muchedumbre, mira el rostro de María. Sus lágrimas duras hirviendo de dolor. No tiene esperanza, ni consuelo. Mírala bien. María acuna a Jesús como cuando nació en un establo de Belén o cuando de niño corría hacia ella a enterrar los miedos en el cálido valle de su túnica. Muerto y ensangrentado e inocente en su regazo de mirra, ahora ya sólo se aferra a un dulce y hermoso despojo amado mientras todo su ser va sumergiéndose en un inmenso océano de amargura.
Y parece como si, mientras le acaricia los cabellos, repasara toda la vida vivida con él, como si le fuese susurrando dulcemente al oído: “Te acuerdas hijo mío de cuando…”
Pero María aún no sabe que al tercer día su hijo abrirá los ojos. No sabe que el nidal de su pecho muerto dará lirios. Que su hijo puede borrar cualquier turbio pasado: Escribir esperanza y vida eterna en tus ojos.
©Rubén Lapuente Berriatúa
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BALAS DE CORCHO

De vez en cuando, mi hijo me invita a entrar en la guerra, a que tome las riendas de una venganza o las de una salvación. Y por detrás del arma de este pulcro héroe virtual, que toma mi nombre, a quemarropa, voy disparando. Me dicen que le regalo demasiada violencia. Que aliento su larvada fiereza. Que haga una pira con toda esa ponzoña bélica. Me lo aconseja esa hermandad bienhechora de mi familia, que al venir a casa, de visita, al verlo de pie, excitado justiciero del planeta, me miran luego a mí como culpable, como un mandria incapaz de saber guiar sus pasos, pero les digo, gracioso y cariñosamente, que el tono de la túnica naranja se dan de bofetadas con su innegociable corte de pelo a tazón. Y les hago ver, que bastaría el simple afilado dedo de una mano desnuda para tirotear a todo lo que se asoma, a todo lo que se mueve. Le compro el guión de lo que lee, de lo que oye, de lo que ve. Y siempre será el héroe a este lado del mundo. Mi hijo juega a restaurar la paz, manipulado, claro que sí, pero como los de la otra bandería, que siempre serán o han sido, por aquí, el mal, el imperio del mal. ¿Que le compro violencia? Si no hubiera habido, ni sarracenos, ni conquistadores sanguinarios, ni piratas, ni nazis, ni delincuentes, ni kamikazes, ni mafia, ni Bin Laden, ni garante del planeta, ni dioses que no vuelven de comprar tabaco… mi hijo tendría una paloma blanca de mascota por la casa, o la biografía en fascículos de todos los amaneceres. Reflejo de la vida que nos toca, somos, son los juguetes o deberían de ser. Yo, cuando en aquella película, los pintarrajeados comanches raptaron a la chica, o ,en aquella otra, viendo a todo el séptimo de caballería por los suelos, al pelirrojo Custer flechado como un San Sebastián, acabé de un plumazo con toda la tribu de la pluma, nunca mejor dicho. A Caballo Loco le colgué del palo mayor del fuerte de madera. Y de nuestra guerra civil que oía en la cocina tocada lenta en la curtida cicatriz de un brazo que me llevaba en volandas, la lidié, de niño, en la calle de arena de los pueblos de La Rioja. Alistado de soldadito en uno de los dos bandos, echado a suerte, jugábamos a dispararnos con balas de corcho… Hasta formábamos un pelotón de fusilamiento. Recuerdo que mi verdugo de pupitre, me ponía su oído frío en mi pecho cerrado al aire, y yo me demoraba eternamente en la muerte…Sólo quería recordármelo. Y aún se me escapa media sonrisa, como si, sin esos juguetes, uno no sería, ahora, la misma buena persona que creo que soy. Recordármelo, mientras en la pantalla, me dejo matar.
©Rubén Lapuente Berriatúa
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LA NIÑA DEL COLUMPIO

Que hubiera sido
esa pobre hermana mía
Tardía
La del moisés
de borda dada de si por mis dedos
Náufraga en el zafiro
azul enfermo de su sangre
o esa hija
que no nos dimos…
Me daría igual
Lo mismo
hermana en el mismo cuarto
del mismo vientre
que hija de un te quiero
Sólo que niña
Mujercita siempre
La que no he tenido
Esa que juega de otra manera
Que todo trapo suyo
tiene carne y hueso y nombre
La que en sus fogones
sería su pinche aplicado
Enfermo en su mesa de operaciones
Modelo en el desfile
de moda en el pasillo
Portero cuando pateara
ella una pelota
también
Pero niña
Mujercita siempre
Esa que me hubiera peinado el alma
Esa que sabe sacarte
el lado femenino
Que me hubiera echado agua
al humo de la rabia de los días
Lo que hubiera dado
por estar
esperando su espalda
detrás de esa coleta
larga como dura una vida
La niña del columpio
Esa que se enamora de uno
La que sabes
que allá cuando tu ocaso
la verás a tu lado sonriéndote
llorando
©Rubén Lapuente Berriatúa
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EL PÁRAMO

De entre su saliva
se levantó una ampolla en flor
Emergió un islote
un cogollo
perdido de dolor
mojado
Un sicario peinándose
en la luna del establo
hizo sonar la música
de una avioneta
sin rumbo
surcando
el cielo del paladar
la bóveda del sueño
Le dejó un timbre atascado
dentro de la lengua
Oh venga rápido
el escalpelo el escalpelo
que taje ese silbo emponzoñado
rebana rebaña apura
esa loca esquila
de la ciénaga del pavor!
¿Hermana? ¿Oyes? ¿Oyes el páramo?
©Rubén Lapuente Berriatúa
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SOLDADOS DE LA EDAD DORADA

Hay una guerra
que la tiene siempre
conquistada el tiempo.
Aún así Carmen
se ha alistado
como soldado de la edad dorada.
Y tan sólo
quiere creer ganar
una batalla
perdida.
De madrugada está
la primera
levantando heridos.
Y a los muy malheridos,
a esos que miran
a lo lejos
lo recóndito,
sólo les roza
un momento
al pasar
la mejilla.
Carmen
es una buena soldado
de la muerte.
Sabe que quien se apaga
lentamente
sólo desea
que alguien le tome de la mano.
Y se ofrece a darle
un último pequeño abrazo
si quien le vela
tan sólo son
las cuatro frías paredes.
Cuando regresa
a la noche,
sobre la cama
cruzada por el arco
de una espalda que estampa
su diaria fatiga,
me dice siempre que no sirve
para esto
que no puede evitar
encariñarse
de esas miradas
que le duele luego tanto,
y es tan a menudo,
tan pronto,
perderlas…
Me dice que
desde hace un tiempo
desde altos ventanales
ya les cronometran el cariño
que han puesto precio
a la brizna
diaria de ternura
que esto no debería
ser un negocio
que lo tiene decidido
que va a desertar mañana…
Y yo le pongo la mano en la boca…
Pero de madrugada
está ya la primera
levantando heridos
Y a los muy malheridos
a esos que miran a lo lejos
lo recóndito
sólo les roza
un momento
al pasar
la mejilla
©Rubén Lapuente Berriatúa
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El 14 de enero en el hogar de Lardero. La Rioja C/ Marqués de la Ensenada, 6, a las seis de la tarde hablaré de esas pequeñas historias del corazón que deberíamos atrapar en la cárcel de un papel antes de que el hilo de la memoria, tan frágil a partir de cierta edad, nos juegue una mala pasada…. La memoria, nuestra patria, nuestro paraíso, nuestro refugio. Sin ella no somos nada, ni nadie.
A UNA MARIQUITA

De pronto, en medio de la primavera, se estrella contigo. Y como guardas aún algo del oro de cuando fuiste un chaval, ése que con un sarmiento atado al cinto se creía capitán de toda esta almazuela de viñedos, demoras el soplo o ese ademán de echarla con la mano. Dejas que su pequeña vida te corra por la piel. Y la sientes, por tu brazo, como carrerilla de niño por el pasillo de tu casa. Sus zapatitos negros, como de goma, te taconean también tu vida, ahora detenida. Esa pequeña escarlata que lleva el mismo morral de siempre, que te pasa veloz las hojas de tu álbum, tan chiquita. Y como no tienes nada verde. Ni las venas son nervios de hojas tiernas. Como tus manchas no son de su estirpe. Como atisba un desierto, sin ni un oasis de aviesos pulgones… Deprisa. Antes de que levante los élitros, como guardas aún algo del oro de cuando fuiste un chaval, la sueñas como a un diente de león o como a una herradura de siete agujeros o como a un trébol de cuatro hojas y le vuelves a pedir, medio sonriendo, aquel mismo sueño de antaño, ya imposible, fracasado…Y la soplas…Y no sueltas el hilo de su estela…
©Rubén Lapuente Berriatúa
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VECINOS

Si corro las sillas, si rechinan (si supiera tocarlas), el lunático vecino de debajo de mis pies, nombra a toda mi familia. Pero, cuando a cualquier hora del día, se desata el clarinete en mi casa, me queda la satisfacción de que, su profundo silencio, denota un buen oído musical.
Le di permiso a mi vecina de al lado, para que su glicinia colonizara también mi terraza. Y ahora la tengo ya volando sobre mi cabeza, bajándome en oleadas malvas su intenso y mareante aroma. Pero, tengo la sensación de que no es del todo mía, como si tuviera que pedirle permiso para hundirme en su perfume, y sonriéndola, le digo… ¡eh vecina! Hoy voy a robarte hasta la última gota de chanel de tu glicinia ?
Mis vecinos del primero, han adoptado dos párvulos de la profunda África negra. Llegaron con la afectada mueca del desarraigo, inquietos como si soltaran dos cervatillos en la Gran Vía. Y me contaron, que nada más llegar, al ver la jarra del agua sobre la mesa de la cocina, se la bebieron los dos, sin miramientos, de un trago: Quizá temían que mañana ya sólo manara aire del grifo.
Justo frente a mi balcón, al otro lado de la calle peatonal, mi vecino de hola y adiós, poco más, ya no se asoma. Últimamente le hacía yo un gesto levantando el brazo con la mano cerrada. Ahora, su mujer, no falta a la cita de adornar la barandilla de su balconada con tiestos de blancas, rosas, amarillas y rojas flores. La percepción mía ahora es distinta. La suya, desde su azotea, debe ser la misma de siempre: ninguno de los dos ha cruzado el umbral del otro, nunca hemos quebrado las formas… ¿Y por qué no ahora? ¿Por qué no romper la imagen de siempre? Que todo dé un giro inesperado… ¡Vecina! le digo, entre tanto vergel, no se te ve bien lo guapa que eres.
Y se levanta. Y se acoda frente a mí en la baranda…
©Rubén Lapuente
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MIS MANOS

Sólo son unas manos mujer
Ésa que tomas curtida
no sabe de treguas
Aún débil ala niña la otra
Fíjate en los pliegues de los dedos
por el dorso
parecen nudos de árboles
viejas rodillas
Mira ahora que las extiendo
Qué ramajes a punto de estallar
En pocos lugares nos presentimos tanto
como en esa travesía angosta
en la que duele posar los ojos
como si esos tallados arroyos
de nervios y venas
no fueran de uno
como si empezara en las manos
mucho antes
a medrar huraña la muerte
¿Y mis uñas? Sólo mi madre
me las ha recortado desde el fondo de la ternura
De negras de tierra y rotas en pico
a la breve media luna
una a una barridas
una a una dulcemente besadas…
Uñas que al recortármelas yo
vuelve cada vez ella al mundo
en las alas de mis tijeras…
¿Y las palmas?
Fíjate en todo ese revoltijo de rayas
Allí no sé si se escribirán los avatares de uno
pero si hay hasta quien les lee
la vida el amor la ventura las sombras…
Ten Tómalas
Elígeme una línea o una cruz o una cadena
y búscate en las tuyas
como tropiezos del azar
o mejor como una corazonada
ese mismo enigma…
No hay más
Sólo son unas manos mujer
las que tomas por un tesoro
Las que después de amarte
gastadas dormidas
también te sueñan
©Rubén Lapuente
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VINO DEL MAR

Sumergido. Encerrado como una perla púrpura en su ostra de cristal. Empapándose de brisa marina. Mimetizando a su alrededor sus sueños en racimos de uva agraz de viñas de coral de terciopelo. Mudando su piel en escamas de antiguas vasijas náufragas, crece y crece este vino riojano de sangre de cereza que atraviesa la pena, que hiende lo que te hiere. Dulce vino de vida y gozo y olvido siempre, que enardece deseos dormidos. Estibado en la bodega de su náufraga batea. Rescatado como pecio de topacio del vaivén del regazo marino, ya le ciñen un nombre a su redonda cadera de cristal de sirena varada…Ya arriban a puerto los pescadores.
¡Ya vuelven de vendimiar en la mar!
©Rubén Lapuente
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EL AZOR O EL PIRATA DEL BOSQUE

En su pinaza de plumas
navega este pirata
del bosque
sin amo
sin ley
Sobre la rama del haya
o la del roble
apostado junto al tronco
su discreta librea
le embosca
oculta
su sañuda mira
Artesano depredador
aguza la gumía de la boca
Se aprieta a sus dos zarpas
de náufrago
Engrana el raudo timón de la cola
Tiene la escuela de esgrima del viento
El requiebro de un viso
El volteo
de un acróbata
Sólo quien perfila las alas
lleva dentro la muerte
Y a ras del suelo
como una saeta por la espesura
aborda el recreo
de un feliz balandro :
le desgarra el velamen
y le arranca
el cálido tesoro
de la entraña
A la mañana siguiente
el azor
-como nosotros-
eternamente esclavo
del estómago
izará su bandera
negra
©Rubén Lapuente
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A UN AVIÓN DE PAPEL

a mi hijo Abel
Es la belleza niña
hablándome
esperando a que doble
y desdoble
pliegue en acordeón
levante
espigados alerones
ponga de horma del viento
arambeles de cola
a una hoja de papel
Es la belleza
de verle de puntillas
salvando enrejados
con la barbilla anclada
al barandal
con los dedos tirando de sí
Es su grito alocado
en la zozobra
del fallido vuelo
cayendo
como una serpentina
Es la belleza niña
aplaudiendo
como si tocara
unos platillos
a ese nuevo avión de papel
que volaba
sereno
a media ala
y que de pronto
cuando iba ya del codo
de la suave brisa
una cabriola
caprichosa
del viento
nos lo trajo de vuelta
para que yo
comulgara
de ese puro y bello
rostro de asombro
que guardo y rescato
ahora del tiempo
sobre el de este ya
espigado muchacho
para verlo también
oh afortunado de mi
también desde su olvido
© Rubén Lapuente
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PARADA Y FONDA

La que te mira
desde donde siempre
Dispuesta
En cualquier lecho
contigo alegre
La que alguna vez
algún golpe del decoro
o alguna voz
o algún silencio
de la envidia
le entra por las vecinas
paredes de la casa
Y ni se tapa la boca
Ni rasguña tu hombro
Ni muerde la almohada…
La que no se azora
La que sabe
que si grita
si gime sin pudor
regala una montaña de hombría
La que por el blanco cielo
de los ojos
le ves dos lunas
húmedas ebrias
perderse imborrables
rumbo al pajar
de las delicias
La del badajo del corazón
que te golpea en el miedo
de lo que sabes:
nunca será para siempre
La que la mano
del sueño de la noche
lentamente
le va inclinando
la dulzura
de sus ojos de higuera…
Ésa Esa mujer
¡La de parada y fonda!
©Rubén Lapuente
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DESHAUCIO

¿Garantía?
Hijo, sólo tenemos esta casa
Aunque con tal de verte salir adelante.
Es un buen producto.
Con maquinaria moderna,
fieles trabajadores,
una buena imagen…
el éxito lo tienes asegurado.
Hasta yo podría ser el Presidente de Honor.
A mis años, sólo a figurar, ¿eh?, no te creas…
Y le daría el aire a ese viejo traje del armario.
Claro que te avalaríamos, hijo.
Con tal de verte salir adelante.
¿El producto? ¿De dónde?
¿Más barato? ¿La mitad de la mitad?
Oh estas espigas de Oriente.
Siempre tan tozudas
Hasta dando cabezadas
las muy puñeteras
siguen bregando y bregando.
Pero entonces,
si el dinero está en algo
que no se mueve…
no habrá liquidez, no, hijo?
¿Y los plazos? ¿Los intereses?
Habla con el banco, un aplazamiento…
¿Qué no te lo dieron?
Oh, Dios mío ¿Entonces…?
¿Desahucio? ¿La casa?
¡Ah ¡ Firmé una carta, sí.
Pero a mis años,
no quise acabar de entenderla del todo.
Es que no sospechaba nada
No nos dijiste nunca nada
¿Entonces?
¿Pero, y a tu madre,
cómo se lo dices?
Oh, no, no, no te preocupes,
ya lo hago yo.
Siempre hay una manera
de suavizar las cosas,
aunque son demasiados recuerdos
para ella
y abandonarlos
así, de golpe…
¿Y ahora?
¿Qué vamos a hacer?
Podríamos irnos
los tres,
a un apartamento pequeño,
sin gastos.
Apoyarnos.
Mi pensión, ya sabes, es tan…
Ah, que te vas de la ciudad.
Claro, lo entiendo, hijo.
Empezar de cero:
Otro lugar, otra gente, sin ataduras.
Aún eres joven.
Seguro que encuentras algo.
Ya nos llamarás.
Lo malo es tu madre.
No, no te preocupes,
ya se lo digo todo yo.
Siempre hay una manera
de suavizar las cosas.
Aunque para ella
son demasiados recuerdos
para abandonarlos así
tan de repente
y tú, aunque la conoces bien,
tú no sabes lo que puede ser el espanto
en ella
Pero haz tu vida, hijo, haz tu vida.
Ya nos apañaremos como sea.
¡Con tal de verte salir adelante!
©Rubén Lapuente
dos voces tras la pared
Logroño 3 de abril de 2008
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CANDADOS DE AMOR

Amor
Vamos al puente sobre el río
El que anduvo reflejando
tanto tiempo
sólo cielo
El que te enseña
que la vida
es una espalda que pasa
Ponte radiante
como para aquella
cita primera
Préndete del pelo
una menuda rosa roja
Amor
yo llevo en el puño
el viejo pálpito
de un juramento:
tu nombre
el mío
y esta fecha
grabada en el acero
de la memoria
de nuestro sueño
juntos
Asómate
amor
a la corriente
Si vamos a dejar
de ser nosotros
Si el rumor de mi sangre
va a sonar
en tus venas
Si vas a desaparecer
para
dentro de mi
aparecerte entera
Cierra
Prende el candado
al hierro
de la baranda
del puente
Y arroja la llave
a lo poco puro que queda
en la tierra: el río
Que nace como nosotros
de la húmeda sombra
(¿Lo navegamos juntos?)
Y que en el estuario
de su vida
desaparece
sin ruido sin nostalgia
sin lágrimas…
© Rubén Lapuente
Mi nuevo blog https://rubenlapuente.blogspot.com
DETRÁS DE ELLA

Voy detrás de ella
De un vaivén olvidado
La veo como la ven los otros
Como veía adolescente
su cuerpo por los soportales
El mismo gesto de acomodarse el pelo
La misma transparencia que desplaza su silueta…
¿Lo que amo son sus formas?
La sigo para que no se me acabe su cuerpo
Para volver a dibujarla
sobre el esbozo de ayer
Ánfora que se cimbrea
cruzando esquinas gentes luces…
Se para en un escaparate
Vive el hallazgo la sorpresa:
El vestido quizás ya interrogado
Creo que amo su manera
su aire: el de un sueño…
Al girarse ella de pronto
casi no me da tiempo
a darme la media vuelta
Me estará ahora viendo caminar
delante entre la gente
Gritará mi nombre
¿Qué haces aquí? me dirá
Siento sus ojos a mi espalda
El sonido de sus tacones…
Alargo un poco la zancada
Tenso el cuerpo
esperando su voz…
¿Pero porqué no me llama?
©Rubén Lapuente
Mi nuevo cuaderno de poemas:
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