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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

AINA

AINA

                para Rubén y Eli

Nadie entiende la vida.

Quizá sólo desde un milagro.

Mírala,

como todos

Aina empieza de cero.

Ahora ella no sabe 

qué es esto que la envuelve,

que la arropa,

que dulce la zarandea :

ella mueve sus bracitos

como aspas de un molinete

aún tarambana

como si espantara

las primeras luces oscuras.

 

Mírala.

La vida que nunca mira atrás,

es un calco,

un papel de seda,

la misma eterna calcomanía 

de una hoja  

que nace y se agota

y reverdece y…

Mírala.

Esta infancia primera

que no le dejará memoria

-que nadie recuerda la suya-

vívela con ella,

no te la pierdas,

es única.

Deja tu montón de papeles,

y corre, corre,

entra en esa muñeca

de dulce carne de preciosa lana…

Sí, ahora que mil veces

la vistes y desnudas

y bañas, y duermes

en el suave vaivén de los brazos,

tan frágil,

recuerda que fuimos

este mismo cálido panecillo 

de harina de rosa

y agua

de tiemblo de estrella…

 

Mírala,

el tiempo la hará crecer, trastear,

balbucear, unir silabas…

cuando te pida el álbum de su vida

y quiera saber,

desde su primera luz

cuéntale esta infancia  

que desde el asombro

estás reviviendo

que también es la tuya:

la misma

que no recuerdas.

Cuéntasela, entera, minuciosa,

de pe a pa,

mientras en el espejo

la peinas, la vas desenredando,  

muy suave,

esa rebelde melena de oro

que ya se le adivina …

 

Mírala,

ahí la tienes,

es un pedazo tuyo,

tu relevo,

es tu memoria

en el collar del corazón

de sus cuatro letras.

Y es esa dulce manecita

que se agarra a tu dedo

que crecerá y crecerá

hasta que pueda  

tomar la tuya,

cuando la vida,

esa que nunca mira atrás,

de un solo golpe,

te apee del camino.

         © Rubén Lapuente Berriatúa

http://rubenlapuente.blogspot.com/


¡AMPARO!

¡AMPARO!

Se llama, ¡Amparo!, con signo de exclamación, porque todos en El Rasillo de Cameros la llamamos desde la calle, gritamos su nombre a voces, que sabemos que siempre anda enredada, como sonámbula, dentro de su frondoso vergel.

Es Amparo: Perita en plantas, maestra del verdor, jardinera para todos.

Y sin decirle nada, como una sorpresa, le he dejado en el buzón de hierro de su puerta, una hoja doblada con unas líneas mías escritas. Enseguida me ha venido con la rosa de papel manuscrita en la mano, y un estanque anegado en los ojos…

“Me has dibujado, me siento así, soy así, oh qué regalo. Ya tiene palabras todo mi ser, que necesitaré leer, y muy a menudo, que un poema para una es la mejor receta, el mejor brebaje para no extraviarse, para no salirse nunca del camino…, gracias, gracias”   

 

“¡Llámala! Desde la calle. ¡Grita su nombre! Ella está dentro de un vergel. Siempre acaba oyéndote.

 ¡Espera! Que aquí, al paso de un aroma, la voz se entretiene, se embriaga, se pierde, se equivoca de oído…

 ¡Llámala otra vez! Estará tirando muy suave de una raíz. Cribando la tierra para ese tallo perezoso. Dejando   una gota de luz de diamante en cada hebra verde...

 Ayer me trajo en su regazo los primeros brotes de belleza: Una altea, un lilo, un laurel…

 Es Amparo. La que sabe lo que arraiga. La que tiene, saliendo de sus labios, esa nana de madre y sueño que   hechiza las plantas, o ese mimo, esa ternura que atesora en las manos, que doma lo verde…

 Ah, pero no, no…Deja, deja… No la llames ya más.

 Se habrá quedado dormida…

 ¿Sabes? Un día la llamó el dolor. Pero, ahora, de beber del oro de los días, se ha hecho de cristal, de agua   pura: transparente.

 Ayer me dijo que la vida es ver crecer lo que amas.

 Oh, déjala que siga trepando por esa eterna enredadera del sueño…”

 Rubén Lapuente Berriatúa

El Rasillo de Cameros

publicado en el diario La Rioja el 5/7/2021

ABLACIÓN

ABLACIÓN

Yo no sabía lo que era la ablación, la ablación  cardiaca, pero al notar  que mi vecino y amigo del bosque había cambiado de costumbres, como ya no le veía con la bicicleta por los senderos de esta hoguera verde... ¿ A ti Luis te  pasa  algo, no?  y entonces…

 “De repente, Rubén, el corazón no sabe calmarse. No te habla bajito. Parece dentro del pecho un potro sin domar,  una campana con toque a rebato. Y da igual caminando, que soñando de madrugada, que feliz en un bar. De pronto se pone a saltar, a golpearte. Y pones la mano en el pecho, asustado, como cuando de niño te lo descubrió el resuello o el primer miedo, pero ahora no lo sientes como aquel limpio y vigoroso volteo de campanas, sino como uno de los últimos coletazos de un motor viejo.

 Y de pronto, el corazón detiene su locura, se olvida de vocear, te ignora, vuelve a su cotidiano murmullo. Y vives cada minuto con el acecho de su sombra, con el terror de su revuelta…

 Y el médico te habla de la ablación, que al oírlo te sorprende, te suena a otra cosa: “¿Pero, eso no es capar los genitales femeninos?”  Y no. Se sonríe. Te dice que también es entrar en las venas, subir por el río de la sangre con un bajel pirata que asalte ese amotinado camarote. Abordarlo, para quemarlo, para tacharlo: cegar esa sublevada habitación del pánico relampagueando en la roja oscuridad. Y con bozal de gañidos me han calibrado su brújula. Supongo que ya dejará de perder el norte, pero qué difícil, Rubén, volver a ser el mismo cuando la vida te asesta esta sonora puñalada. Difícil dejar de pensar en ese tambor cuando lo intuyes en el silencio de todas las noches, que ya tengo una cita ineludible con cada uno de sus latidos. Y sí, el tiempo te alcanza, empieza a existir para uno, y mucho más deprisa. Ahora me parece que todos los meses las hojas del calendario en la pared, son de otoño, son amarillas…

La vida es un viaje hacia el cansancio, pero habrá que aparcar el miedo, aprender de nuevo a vivir, ser el mismo, por lo menos de puertas a fuera, y procurar no dar mucho la lata a nadie con el sonsonete de mis goteras.

Ahora lo siento como un huésped, o mejor como un reo o demente que viste camisa de fuerza. Y  todas las noches le llevo, cálida, la palma de mi mano, y la redoblo con la otra, para que esté más arropado, como más tranquilo, y en esa postura, casi angelical, me duerme o le duermo, que ya no se quién cierra primero los ojos…

©Rubén Lapuente Berriatúa

http://rubenlapuente.blogspot.com/

EL COMETA HALLEY

EL COMETA HALLEY

Fue en el 86, en aquel cielo tan limpio de la sierra de Cameros y a simple vista. Varios meses siguiéndolo.  Quienes mirábamos  el cielo estrellado con frecuencia. Los que buscábamos planetas en la clara oscuridad, o carros o lebreles o arqueros en las constelaciones, lo ansiábamos. Cada 75 años vuelve y se ve como esa estampa de los Reyes Magos con el cometa  sobre sus cabezas. El anterior, en 1910,  la poca contaminación de las ciudades lo enseñaba tan claro  que ese escalofrió de plata endemoniado no cupo en la cabeza de aquella mentalidad, como si el fin del mundo llegara. Y las crónicas de la época en todo el mundo hablan de suicidios, de miedo, también de belleza, de asombro. Lo más son dos veces  verlo en una vida: si de niño lo viste,  de anciano quizás repitas. Yo al de 2062 ya no llego. Sí, un día volverá el cometa Halley y ya no estaremos aquí, es cierto. Pero nuestros descendientes,  mis hijos  sí estarán, y ojalá  los hijos de mis hijos, y darán gracias por haber hecho que puedan experimentar lo mismo que nosotros, muchos años atrás.  La vida, en sí misma, es el cuento de hadas más maravilloso que se pueda contar. Por eso he dejado escrito este poema  

 

Era de noche

En mi pequeño balcón

colgado

de esa dulce ladera

de trinos

En aquel abril

tan limpio de oscuridad

Magullado de números

de papeles  

de oficina

con mi luna redonda de cristal

de espía del cielo…

iba de rama en rama

de cada estrella…

 

De pronto

sobre el alto

granero del agua

como una alada herida luminosa

como una cana melena

rota de viento

apareció el cometa

 

Ese trazo de tiza

atado a su radio

a su vida

Viajero de plata solo

que por primera vez veía

y por última

también

cuando regresara

a mojar su larga cola de lumbre

pero ya

sobre el seco río

del tuétano de mis huesos

me señalaba

lo que en realidad yo era:

tan sólo una breve

mirada en el tiempo…

 

Desde el zaguán

me subiste ese alboroto

de nido de gorriones

en la garganta

de asombro de chiquilla

al llamarme

al verlo…

 

Cada atardecer

de aquellos mágicos días

del año del cometa

jóvenes y enamorados

salíamos a robarlo del cielo

a bañarnos

en su indeleble fulgor

 

A tu vuelta

oh cometa viejo amigo

por entre los párpados

de otros ojos

nacidos de nuestro amor

nos asomaremos

©Rubén Lapuente Berriatúa

 

             Villoslada de Cameros (La Rioja)

             En el 2062 regresará su cola plateada

MAR ADENTRO

MAR ADENTRO

Uno muere cuando nadie le recuerda

Ya volvíamos al viejo puerto. El de la desafinada sonata de bocinas y gaviotas. El de la acicalada hilera de boquitas recién pintadas con  toda la fila de puntillas moviendo frenética, ya fin de cuarentena, las ardientes alas de las manos.

Semanas de tobogán de atunes bajando al vientre de salmuera del barco, preñándolo de recamadas luces heladas.

Un cercano compañero del babel de los ronquidos, haciéndome ese gesto de tijereta al acercarse dos dedos a la boca, abandonó la litera…Tenía esa sonrisa sin acabar de romperse. Esa mirada callada envuelta en lejanías.

Desde la cubierta, subiría una trenza de humo hacia la arboladura de las estrellas. Volaría sobre la popa su apurada última amarga colilla, antes de que sus botas hicieran de noray de su ropa bien doblada…

Una nota en un pósit azul asomaba por el bolsillo de su camisa…

Ya en el puerto, rota la fila de carmín, rodeándome de la cintura mi añorada rama de carne de tierra, caminando con el arrebol de sus mejillas, con paso rápido hacia un barbecho tálamo anclado en los besos de ayer, me buscó sobre las aguas, en un reflejo de luz de acero, el charol de su memoria, mientras en el bolsillo de mi chaqueta, mis dedos desleían una nota, amasaban una bolita de papel azul…

El mar quiere a sus hijos desnudos. El claro olvido habita mar adentro.

©Rubén Lapuente Berriatúa

mi nuevo blog http://rubenlapuente.blogspot.com/

CAREO

CAREO

Tú la cumbre

Yo el rebeco

Tú el rayar del día

Yo el rocío

Tú la rosa

Yo el rapaz del patio

Tú el botín del corazón

Yo el bandolero

Tú adiós de azahares

Yo trampero del viento

Tú la dehesa sin fin

Yo encina en tus ojos

Tú quien entorna las sábanas

Yo quien se cuela dentro

Tú pequeña lumbre de dolor

Yo ungüento de besos

Yo la ira de algún día

Tú la mano en mis labios

 

Yo soldado caído

Tú la lluvia en mi rostro

 

Yo hueco en el lecho

Tú la mano dentro

   

©Rubén Lapuente Berriatúa

 

PUREZA

PUREZA

La nieve dibuja

un corazón sobre el agua,

bordea los labios de una hoja

verde y oculta

¿Sabes que la belleza

que nace eterna

sólo perdura un instante?

¿Estabas tú ahí, te diste cuenta?

¿Sobre esa pureza

pusiste toda la tuya,

te enredaste con ella,

o la mirabas sin verla?

¿Y si el brillo de aquellos ojos

era sólo para ti?

¿Y si el jadeo

que oías a oscuras,

era codicia de tu piel?

¿Y si aquel tembloroso

cuerpo entregado,

era el amor que buscabas?

 

La nieve dibuja un corazón

sobre el agua…

 

¿Y si lo salvaras?

¿Y si muriera en tu palma?

             

© Rubén Lapuente Berriatúa

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BAILE DE SOMBRAS

BAILE DE SOMBRAS

Ha sido una canción.

Su chispazo en mi sangre

me ha soltado los pies,

me los ha calzado de un suave y melodioso

vuelo de hoja muerta.

Siempre hay un recodo

que no le enseñas

que no le entregas

Y el baile te arranca de tu plácido refugio

Y te obliga

Te detalla

Te desenmascara

Y la he cogido tan dulce de la cintura…

La pequeñez del espacio

nos hace girar en el remolino

de dos miradas

de dos sonrisas

Imposible escaparse del acecho

sin tregua

de una boca, de unos ojos.

De pronto,

ahí en la pared,

en nuestras sombras

(¿el envés de la apariencia?)

cómo se siente el peso

de esta larga andadura juntos,

el cansancio también del viejo latido

del eterno amor

Si se diera cuenta ahora ella

podría hasta sumergirse

en este rio mío oculto

reflejado en el espejo

tan claro del suyo

(Oh cómo se entrega esta mujer)

por el que me cuelo

hasta donde ya no puede haber nada más  

Alargo la melodía en mi garganta

en la última vuelta

que demoro con ella…

Y al pararnos

me fijo cómo dos sombras en la pared

(¿Por qué aún extrañas?)

se amalgaman.

                  ©Rubén Lapuente Berriatúa

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