Blogia

El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

CANDADO DE AMOR

CANDADO DE AMOR

Amor

vamos

al puente sobre

el río

El que anduvo reflejando

tanto tiempo

sólo

cielo

El que te enseña

que la vida

es una espalda

que pasa

Ponte radiante

como para aquella

cita primera

Préndete del pelo

una menuda

rosa

roja

Amor

yo llevo en el puño

el pálpito

de un juramento:

tu nombre

el mío

esta fecha

grabado en el acero

de la memoria

de los sueños

 

Asómate

amor

a la corriente

Si vamos a dejar

de ser nosotros

Si el rumor de mi sangre

va a sonar en tus venas

Si vas a desaparecer

para

dentro de mi

aparecerte

entera

Cierra

prende el candado

al hierro

de la baranda

y arroja las llaves

a lo poco puro que queda

en la tierra:

el río

que nace como nosotros

de la húmeda sombra

(¿lo cruzamos juntos?)

y que en el estuario

desaparece

de la vida

sin ruido

sin memoria

sin lágrimas

                  ©Rubén Lapuente

CÁLIDA VOZ

CÁLIDA VOZ

Solitario,

arroja un lazo

a una cálida voz

de mujer

que arropa y asoma

por el embozo de la sábana:

Es una lasciva nana en la noche,

un dulce puñal de bajas palabras

punzando carne

sombría.

Si hay una labor de madeja

detenida

o un lápiz

de puente

sobre un crucigrama,

lo oculta todo

la tramoya

de la sensual fantasía:

la verde fábula del sueño inconfesable.

Y se lanza a la corriente

de un lento río de aguas rosas

al ritmo de una voz

que acomoda los tiempos

del placer,

más intenso

que dejar la felicidad en manos

de otro:

de otro defecto.

Mejor que el cansancio

de tener que amar,

de entregarse para ser amado.

¿Cómo ser uno mismo si te poseen?

 

Solo

y jadeando aún

corta el hilo

de la voz.

                     ©Rubén Lapuente

 

VIAJE A ÁFRICA

VIAJE A ÁFRICA

El avión te deja en el corazón

del borde de la vida.

Del rechazo

de la inseguridad

casi del miedo

a la llegada

pasas

en un respiro

al hallazgo

de una esbelta silueta

de nueva belleza negra

que al verte mirar la vida

desde la ventana

te invita al festín  

de su misérrimo corral

de una sola gallina.

Y notas que su mañana está muy lejano.

Que su ahora siempre es el alborozo.

Y ves que como no tienen nada

no desean nada.

Que nadie va a venir a darles la vida

que no vivan ellos.

Y te duele

que la incertidumbre de la muerte

tan temprana

haga nombrar a sus hijos

con espera:

Que aquí sólo se vence a la muerte

pariendo y pariendo.

Niños que te los encuentras 

persiguiendo  

a una vieja rueda rota

o haciendo juguetes de barreduras

que desde la otra punta de la calle

corren a tu encuentro

con su eterno raigal

de alegría en el rostro.

Y aquí como sólo se habla de la vida

te la cambian:

Lo notas

en que muda tu piel de serpiente

de viejas servidumbres

en que tu deseo se va acercando

al sueño de una piedra

desnuda

envuelta en esa luz ámbar

que todo lo envenena

de alegría

de pura vida.

                ©Rubén Lapuente

foto de Victoria niños en una calle de Tombouctou .Malí

A LA LUZ DEL MEDIODÍA

A LA LUZ DEL MEDIODÍA

¿Te sientes como

un océano varado

en un estanque?

 ¿No has volcado aún

esa nube cautiva de sollozos?

¿No clarea rebelde

por ese raído abrigo

toda la debilidad

que ocultas?

¿Oyes dentro de ti 

el motín de un suspiro?

 

Compañero

dolor

tráeme otra vez

lo irremediable:

A mi madre

la que se quemaba

ella misma

para que yo no sintiera frío

Ponme a la altura de un palmo

de puntillas

asustado de que la vida

no se moviera

en aquel moisés

navío de bandera rosa

y negra

Tráeme respirando la herida

la que se quedó adentro

de la entraña

la que se hizo carne en el tiempo

pero de otro cuerpo

y tullida

Búscame el rellano de un hombro

que no me pregunte:

¿Por quién lloras?

¿Por quién mueres?

Déjame rezagado

Dame tu memoria de dolor

en cada ola de mi océano de sollozos:

débil barca sola soy

pero ahora

a la luz

del

mediodía

                    ©Rubén Lapuente

DE VEZ EN SIEMPRE

DE VEZ EN SIEMPRE

¿Has visto a los pescadores

de Sri Lanka

subidos a lo alto

de sus jarcias

hundidas en la arena

del fondo del mar?

 

Allí, en equilibrio,

lanzan sus anzuelos

mientras sueñan

mientras miran la larga ribera

que sólo un niño

pintaría así:

reventada de color:

la llamarada roja de las ramas de las acacias,

las enormes  flores naranjas de los hibiscos,

el bosque de mástiles y frutos en la playa

que agita las altas melenas

de un verde tenaz.

Y la selva se hace manglar en el azul

turquesa del agua:

hasta los pájaros se zambullen equivocados

al imán de peces de colores violentos

deslumbrantes.

Y todo mientras el anzuelo

disfraza su mira.

Mientras sueñan.

 

Pero de vez en siempre

vuelven la cabeza hacia el monstruo

dormido del horizonte:

no olvidan que son sobrevivientes

que eternamente estarán encaramados

al palo mayor del escalofrío

en la plácida cima del horror.

 

                                  ©Rubén Lapuente

                                  Foto de Carlos Barria

 

 

desde el tsunami no como pescado

aún creo que los peces se alimentan de los muertos”

     (pescador de Ahangama)

SUEÑO DE ESTRELLAS

SUEÑO DE ESTRELLAS

Temprano

nos van a explicar.

Tú perderás la belleza

oscura

que es tu misterio

tu hechizo.

Yo mi porvenir 

que es mi enigma

mi jeroglífico.

(¿Te acuerdas de aquel

cielo de niño?)

Colocarán la pieza última

de mi rompecabezas.

Me señalarán en un mapa

una cruz de algún error

atávico.

Me harán creer que la vida

es una guerra con el tiempo.

Hasta lo que había

antes de aquel fragor

ya no será una fábula.

Sabré de qué miedo huyes.

De qué cobardías

de qué amasijo de claridades

estoy hecho.

Me verás como ropa

tendida

sin viento.

Te veré como un manto

hermoso

gastado.

(¿Me revives aquel

sueño de estrellas?)

Temprano

me veo a mi mismo

pasajero adivinado en la ventana

mirando lo que he sido.

                                       ©Rubén Lapuente

LA SERRANA

LA SERRANA

Por la carretera 

me cruzo

con el autobús

que lleva a la serrana

Huye

del paisaje eterno de montaña

pintado

en su  ventanal

como yo de un horizonte de ojillos

en hilera

Huye

de su plazuela de piedra

junto al río

bajo el mirlo acuático en la rama

como yo de una arboleda

de mentira

 

 Y cambia

las calles de piedra 

las cancelas

los portones

las boñigas que le cercan

por avenidas de luces

de escaparates

por miradas que la desnudan

Y sus noches

de silencio

de estrellas como ascuas

de grillos que se callan a su paso

por baraúndas

y amores

de madrugada

 

Y cambiaría

su trabajo

de acarrear leña

de guarda de ganado

en el monte

de hortelana de carámbanos verdes

por ser una tijera

y un peine

por ser un eslabón

más  

de una cadena

 

Por la carretera

los sábados

me cruzo con el autobús

que la lleva 

Y hago sonar la bocina:

La serrana sabe

quien soy

Y que intercambiamos

 la vida.

            ©Rubén Lapuente

          (Villoslada de Cameros)

ALTAMIRA

ALTAMIRA

Le despertó la caricia del sol.

Y una mano de hembra

le movió levemente.

(“La misma mañana de siempre.

El mismo tronar del bosque.

El mismo rumor del río bajo mis piernas…”)

 

Mientras el fuego doraba

los arponeados peces,

el azar le llevó

a un saliente del techo

rocoso de la cueva:

(“La misma forma.

La misma giba en la piedra

que la de un bisonte…”)

Y en su imaginación,

lo fue dibujando,

luminoso,

preciso.

 

Perfiló la silueta

con un trozo de carbón.

Mezcló raspadas margas,

limados ocres,

bermellón,

con grasa,

con sangre caliente:

Ya tenía la paleta de colores

que rezuma la piedra.

Ya tenía el pincel

en cada yema de los dedos.

 

Embadurnado

por una lluvia de tintura

se tendió boca arriba

sobre el suelo de la cueva:

Apareció tanta belleza desconocida

y suya (la que veo yo ahora)

que tuvo que empezar a ser otro ahí.

 

Tuvo que romper a llorar.

                            ©Rubén Lapuente

                                    

    después de Altamira todo parece

     decadente (Picasso)