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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

NIÑEZ ( 21 )

GIGANTE

GIGANTE

A horcajadas,

sobre mis hombros,

soy la mejor montura

para mi hijo.

Desde más allá de arriba,

sin miedo, sin vértigo,

lo mira todo

con ojos de un gigante.

 

No se bajaría nunca.

 

Le veo en los cristales

mirarse con suficiencia,

como que le vengan ahora

a  toserle  los malos.

Como no tiene riendas,

me agarra de los mofletes,

me tapa un ojo, el otro,

los dos, la boca,

y le mordisqueo la mano

para que no me ahogue.

 

Me clava las espuelas

si me paro en los escaparates.

Él está a lo suyo:

a los coches, al bullicio,

a las luces.

En la cabalgata,

le dio la mano,

como un señor,

al Rey Baltasar,

sobre otro corcel igual

de alto que el suyo.

 

Y se lleva a casa

el calidoscopio

de toda la tarde.

 

               Se echa sobre la alfombra…

 

Y  bajo los párpados cerrados

se le iluminan los ojos.

 

                  Rubén Lapuente

EL BIG BANG

EL BIG BANG

Lo hemos llamado universo.

Quien lo deja que toque el suelo

lo mancilla.

Y pierde.

Y lo pena.

Lo avienta el soplo de mi hijo.

Yo le pinto dos  ojos

cercanos y una narizota

que al inflarlo

se van  separando

más y más

huyendo  por la gran curva

como un rebaño de soles

y planetas.

 

Lo lanzamos al aire.

¡Cuidado que vamos ahí dentro!

Ni el mejor portero llega

como nosotros:

con la coronilla

con las yemas de los dedos

con el trasero

con la punta del dedo gordo

del pie izquierdo.

 

Siempre rompemos  

algo en el juego

pero qué casualidad

de lo que los dos negamos:

Hoy,

ese jarrón de flores eternas

triste funámbulo

sobre el anaquel  vencido.

 

Y el universo,

en un despiste,

bota y rebota en el suelo.

!Papá has perdido!

 

Frente a mí

suspendo el universo

por su rabillo.

Mi verdugo se desternilla

acercándome el brillo

del alfiler a mi rostro.

 

Yo aprieto los ojos,

los dientes, el cabello...

mientras otro cosmos

se eleva entre los labios

de mi hijo.

                   Rubén Lapuente

NIÑO PINTOR

NIÑO PINTOR

El color,  ese sufrimiento

de la luz(Goethe)

 

 

Si le doy a mi hijo

una tiza, un pincel,

un lápiz de colores.

le doy la mano del viento

Le doy el vuelo

de un hilo de alambre

del sueño.

Y me pinta una casa

su bólido,

un sol amarillo,

y a un tipo con antenas

(¿o es su remolino en el pelo?)

con sonrisa de payaso

 

No titubea, no tacha,

no copia, no sufre.

Aprieta el color

para que salga más intenso,

más llameante.

Y, o rompe la mina del lapicero

o se queda sin fuerzas,

medio dormido,

sobre los colores.

 

Sin una pizca de pintura

en la memoria

lo que le sale es definitivo,

original, puro, sin patraña.

Y lo hace de carrerilla

como si llevara mucho 

tiempo en el arte.     

Luego pone su nombre

a la lámina con letras

desmedidas:

Y la olvida para siempre.

 

Y a otra cosa, mariposa.

 

     Rubén Lapuente