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El cuaderno de poemas de Rubén Lapuente

ALGO MÁS QUE NATURALEZA ( 22 )

EL OLMO DE EL RASILLO

EL OLMO DE EL RASILLO

 

Enferma como tú, como yo .Se le había abierto demasiado la herida. Pero, ¿quién oye socavar un universo de anillos? ¿Quién descubre esa pequeña hoguera de dolor dentro  de la madera? ¿Sabía alguien que los árboles mueren de pie? Su terrible hueco, ya era papelera de la chiquillería; canasta de jóvenes probando su tino; covacha de orines de borrachos de madrugada. Y quién puso su mano en la fiebre  de su  frente sabía que era el último olmo de montaña de España en una plazuela. Sabía que es el  emblema de cuatro siglos de un pueblo. Que ha sido cita, testigo fiel de los juramentos, de la palabra dada, del apretón de manos… ¡Si aún hoy, hay sombra de compromiso bajo sus viejas ramas!

Y qué orgullo que aún beba de nuestra tierra, viéndonos nacer, vivir, morir. ¿Y dónde miraríamos si una noche cierra los ojos, si le derribara el viento o la indiferencia? ¿Cómo nos lo perdonaríamos?

 Ahora el viejo guerrero vuelve al combate: con una cincha de hierro en bandolera, con su tambaleo contenido por arneses… Y en la covacha, ya con cancela,una vara suya enraizada en una verde trastienda,  ya llena de maderaje la oquedad de su perfil de malherido quijote . Un vástago suyo escondido que envejezca deprisa, joven, para que parezca que rejuvenece despacio, viejo. Un hijo que pronto se encarame a su padre moribundo, a la cumbre de su última rama vencida. Y que un día, al soltar las cinchas, los arneses, al dejar caer las muletas, ya desnudo de siglos...el corazón siga esperando, otro milagro de la primavera.

©Rubén Lapuente

 

 

      

                      

SOL

SOL

¿Para qué soñarte

si eres sólo

una hoguera más

de cualquier noche?

 

Tú,

despiertas un desierto,

atronas un bosque,

azuleas un glacial,

desnudas una espalda.

Pero sólo eres algo

cuando yo te pienso.

 

Y sé que somos lo mismo,

que vengo de ti,

añico tuyo,

como todo lo que veo:

mi dios, sin saberlo.

 

Y en tu honda me alojas,

me giras,

como tú te cobijas

en otra mayor

que a su vez voltea

el Universo.

 

¡Si te pudiera mirar

sin cedazo,

humilde, mojado,

como emerges

del horizonte del mar!

 

Tu declive tan lento

es peor que el mío:

tú no puedes matarte,

mi dios, sin saberlo.

     

        Rubén Lapuente

DEHESA

DEHESA

Había sentido el aliento caliente

de su coche en la calle.

Me recibió colgando

sus brazos de mi cuello.

Radiante la sonrisa.

Rodeándome, abarcándome

con sus ojos.

 

Demasiada vehemencia, pensé,

para no sospechar de algo.

Se quedó enseguida

dormida en el sofá.

Su mano

pendía sobre el móvil,

caído en la alfombra.

 

Ahí estaban en la pantalla:

Las imágenes,

la hora, el minuto,

de esa mañana de huida.

Todo encajaba:

Un largo viaje de ida y vuelta,

para cinco minutos de esplendor.

 

Ni una foto de su calle de juegos.

 

Ni de su casa cerrada por la muerte.

 

Se detuvo sólo cinco minutos

para llenarse de dehesa:

 

Su bosque claro, sin espesura,

reino de su mirada lenta,

lejana, perdida entre charcas,

encinas ordenadas por la belleza

y animales que pacen tranquilos

como si la vida fuera eterna.

 

Todas las imágenes eran de su dehesa!

 

Y ahí, en el sofá,

dormida, fuerte, feliz,

sabe que no necesita de los sueños

si oye

              la llamada 

                                    de su tierra.

                      

                                             Rubén Lapuente