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GOLONDRINAS, ORONETAS

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Siempre falta algo que poner, me lo dice mi oculto enfermo descontento.  Ahí, hay un hueco. Ahí, cabe un detalle. Eso de toparse cada día con la faz de la nada en una pared o en un rincón de la casa, como que no va conmigo. Demasiada desnudez a mí me llevaría al espejo un eremita. Prefiero estar ocupado acariciándome los ojos con cosas que creo bellas, que darle la oportunidad a ese misántropo canalla mío, de acorralarme con la pureza de quedarse con la mente vacía, in albis: suprema inocencia, suprema ignorancia. Si para un moderno decorador de interiores, menos es más, la nada entonces qué sería, ¿todo? Hacéoslo mirar.

Mientras pueda, cada paso, cada zancada por mi hogar, que sea un hallazgo, una sorpresa, un detenerse en lo que guarda y despliega a cada paso su bella cola abierta de pavo real…

Ayer mirando la fachada de mi casa, la vi anodina, sin una anécdota, sin merecerse unos gemelos. ¿Y qué pondría? ¿Cosas para alimentar el espíritu? ¿Poesía? Oh, sí, eso, le falta poesía, le falta gratitud, hospitalidad. Y por qué no esas tijeras del cielo, esas golondrinas que les basta una esquina, un ángulo, un rinconcito para saludar a la nueva mañana. Tan desaparecidos sus gorjeos, sus vuelos circenses, su carrusel de campanadas perdidas. Esa manera nuestra de enredar cambiando el paisaje, abandonando la agricultura o nuestros pueblos, las tienen medio exiliadas, confundidas. ¿Sabes? anuncian la primavera, la nuestra, que ellas, van y vienen, viven y vuelven siempre en nuestro luminoso y añorado abril.   

Si fuera marinero me graduaría en golondrinas, con un buen puñado de ellas navegando por mi piel. Millas marinas que serían alados tatuajes, y tantos como vueltas mías al dulce puerto con amarrados besos al noray de carmín de mi amor.

Mientras regresan las mortales, en la fachada de mi casa, como un  señuelo, como un trampantojo, he colocado una bandada de ellas, pero de cerámica, “oronetas” en su musical idioma valenciano.

Un siglo llevan volando quietas por las terrazas levantinas. Faltaba poesía en la faz de mi casa. Ahí las tengo, dispersas, elegantes, simpáticas, humildes, intentando alcanzar los inalcanzables aleros del cielo. A lo mejor se animan las de verdad, y se emplazan bajo la larga cornisa de mi tejado, junto a la colonia de las que brillan y callan al sol…

Dicen que traen buena suerte, de momento, al mirarlas desde la calle, algo pasa, algo mágico se vuelve a subir al viejo tiovivo del campanario de aquellos días azules del corazón.

 ©Rubén Lapuente Berriatúa

    El Rasillo de Cameros

http://rubenlapuente.blogspot.com/

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